Buenos días, a pesar de todo. Cuenta la historia que allá por 1860, el general Antonio López de Santa Anna había sido depuesto del Gobierno mexicano por la revolución liderada por Benito Juárez. López se exilió en los Estados Unidos y fue a parar a casa de un amigo que vivía en New York. El anfitrión notó con curiosidad que López mascaba constantemente una sustancia que él no conocía. Preguntó a su invitado, quien le contó: “Este material que mastico se saca de un árbol llamado zapota. Ya lo conocían los aztecas y los mayas. Sirve para calmar la sed y los nervios. Allá en México lo llamamos tzictli (de ahí, chicle)”. El dueño de casa se llamaba Thomás Adams. ¿Engancha la metáfora? Pues, fue Adams el que impulso la comercialización de esta que debe ser la golosina más consumida del mundo. En este exacto momento, algo así como ochocientos millones de seres humanos están masticando chicle. Dije golosina y me detengo: una golosina muy particular, porque se mastica pero no se traga. Se muerde pero no se manda para adentro. Es como Moreno, nadie lo traga pero varios tienen ganas de morderlo. La guita que hizo Adams con este producto de los pueblos originarios de América Central no tiene nombre, ni apellido, ni apodo. Hace unos cuantos años atrás, se presentó una especie más elástica que dio lugar a que los jóvenes terráqueos inventaran una de las diversiones más originales de la historia: hacer globos con el chicle. Mire que hay que tener ingenio, habilidad y talento para lograr algo tan admirable, tan creativo. En algunos casos, su masticación resulta antiestética, por ejemplo, no me lo imagino al Papa dando una homilía mientras mastica chicle, no me la imagino a Cristina contestando preguntas de Clarín en Harvard mientras hace globitos, no me la imagino a Mirta Legrand estirando así la goma mientras conversa con sus invitados. Sin embargo, para algunos es un adminículo bucal insoslayable, hay gente que viene masticando chicle desde que aprendió a masticar. Algunos expertos dicen que es bueno y otros que es malo, como el gobierno, ¿vio? El problema no es el chicle intacto antes de ser masticado, ni el chicle en boca cuando se lo está masticando, el problema es el chicle cuando se termina de saborearlo, cuando ya ha perdido sabor y consistencia y hay que tirarlo. Porque, en definitiva, es goma, y la goma se pega en todos lados. Entonces, el vago disimuladamente se lo saca de la boca y lo pega en el lugar que encuentre a mano. Debajo de la silla, debajo del asiento del auto, en la cabeza de un compañero, en el espejo del baño, en la parte de atrás del inodoro, en el elástico de la cama, cualquier lugar es bueno para pegarlo. Cuando vayan caminando por el centro, fíjense en las baldosas de las veredas, las van a ver llenas de lamparones oscuros, como si hubiera llovido caca de torno, pero no, son los chicles contra los cuales no pueden escobas ni lampazos. De todos modos, para algunas cosas sirve, por ejemplo, a los jugadores de fútbol de la selección argentina. Les sirve para no cantar el himno.