Cuando las entradas se pusieron en venta en las distintas sucursales del Banco Nación a fines de agosto de 1977 no se produjo una movida grande. Los interesados llegaban tranquilos a las cuatro sucursales habilitadas en la provincia Mendoza, a adquirir los boletos para el Mundial 1978.
Había poca expectativa y además, en esos tiempos, no estábamos acostumbrados a la compra anticipada de nada. No existía ”ticketek” ni on line. Era todo presencial. Concurrimos con mi padre al Banco Nación, de Maipú, y yo estaba decidido a la adquisición del voucher para los 6 partidos en Mendoza y además para la definición por el tercer puesto y la final en Buenos Aries, en total 8 partidos.
Mi padre sólo adquirió el paquete con los 6 encuentros en el estadio que estaba en construcción en el Parque General San Martín. “Voy a ver los partidos de acá, ¿quién sabe los que jugarán la final?, me dijo. En ese banco sólo había dos paquetes que contemplaban los boletos de la final. Uno fue el mío.

Enero de 1978
El 14 de enero de 1978 al fin se conocieron, las zonas y los partidos que veríamos en la primera fase entres los 16 participantes. La atracción era Holanda “La Naranja Mecánica”, subcampeón de la Copa del Mundo de 1974, que sería cabeza de serie del grupo 4 y jugaría sus tres primeros partidos en Mendoza.
La gente se metió en el clima del Mundial un mes antes y creció la venta de boletos para cada encuentro. Con mi padre fuimos a los 3 partidos de la primera fase en el estadio Provincial en donde, Holanda venció a Irán, empató contra Perú y perdió frente a Escocia. Los peruanos quedaron primeros en su grupo y los holandeses fueron segundos.
Para la segunda fase se armaron dos grupos de cuatro equipos con los dos primeros de cada zona clasificatoria. Mendoza y Rosario tendrían los encuentros por la zona B conformada por Argentina, Brasil, Perú y Polonia. El Seleccionado Nacional argentino jugó sus tres encuentros en el estadio rosarino. En Mendoza fueron dos partidos de Brasil ante Perú y Polonia y el restante entre peruanos y polacos. En los estadios de Córdoba y River Plate se desarrollaron los cotejos por el grupo A entre Holanda, Austria, Alemania e Italia.
El 21 de junio Brasil derrotó a Polonia 3 a 1 en el Provincial mendocino y tenía casi asegurado un lugar en la final. Argentina debía ganarle por más de 4 goles a los peruanos, en Rosario Central, para obtener una diferencia de goles a favor ante la igualdad en puntos.
El seleccionado de Menotti metió un rotundo 6 a 0 que todavía sorprende y levanta voces de desconfianza y dudas. Argentina llegaba por segunda vez en su historia (la primera fue en 1930) a un final mundialista.
Mi ticket para la final tenía un precio altísimo. Le dije a mi viejo “Viste, no me hiciste caso el año pasado y no compraste la entrada para la final”.
En el Monumental el seleccionado holandés que desplegó su mejor fútbol en la segunda fase venció a Italia 2 a 1 y se metió por segundo Mundial consecutivo en la final.
En tren a Buenos Aires
El jueves 22 mi familia y tres sobrinitos me fueron a despedir a la estación de ferrocarril de la calle Belgrano. Habían subido para conocer los vagones y el tren arrancó, apenas sonó la campana, sin darles tiempo para bajar. Fue una anécdota muy comentada, porque fue mucha gente la que se quedó arriba y el maquinista recién paró en la próxima estación, que era en San Martín.
El muchacho mendocino quería un lugar bien céntrico y se instaló en un hotel en la calle Libertad, casi Corrientes, a escasos 150 metros del Obelisco. Se sorprendió por cada cartelera de teatro y por la variedad de espectáculos. Se decidió por concurrir al teatro Astros a la función de “La revista nunca vista”. Los actores principales eran los cómicos Jorge Porcel, Alberto Olmedo junto a Tristán, Juan Carlos Calabró, Don Pelele y las vedetes eran Ethel Rojo y Patricia Dal con participación especial de Carmen Barbieri.
Caminando por calle Lavalle le llamaba la atención los cines, las pizzerías y restaurantes que ocupaban los espacios de cuatro cuadras completas de ambos lados. Varios ofrecían en voz alta la compra de boletos para la final entre Argentina y Holanda. Pocos fueron los que vendieron como algunos brasileños, alemanes o italianos desilusionados o algunos escoceses pasados de whisky.
El sábado 24 fue el partido en donde Brasil venció a Italia 2 a 1, en el estadio Monumental y se quedó con el tercer puesto para volverse invicto a casa. Para mí fue un ensayo para la gran final. Caminando desde el hotel a Retiro y de ahí en tren hasta la estación que me dejaba a unas cuadras del estadio de River Plate. Eran los pasos a seguir al otro día.
Y llegó el día
El domingo 25 de junio de 1978 amaneció frío y lluvioso. Día del partido 38. La camiseta celeste y blanca arriba de un buzo, debajo de la campera. Y cubriendo mi espalda la Bandera argentina. La entrada guardada como un tesoro y mis pasos a las 10 de la mañana rumbo al estadio, repitiendo la ruta del sábado.

Adentro del Monumental tenía entrada a la popular, debajo del tablero electrónico y la cancha estaba cubierta por un telón de nylon negro para proteger al césped de la lluvia caída en la noche y durante la mañana. Pero paró al mediodía y retiraron la alfombra negra. En la popular estábamos parados sobre el piso húmedo de las tribunas.
Se produjo la salida de los equipos, la lluvia de papelitos que duró varios minutos y se inició a las 15 la final de la Copa del Mundo Argentina 1978. Llegó el gol de Mario Kempes a los 38’ del primer tiempo. Mientras imaginaba los festejos y lo que vendría en cada lugar el país, Nanninga metió un cabezazo para el empate. Amargura. Y tiempo adicional Rensenbrik se anticipó a Fillol y la pelota dio en el palo (¡qué momento!).

Se vino el alargue de 30 minutos y si el empate continuaba no había penales. Se debía jugar otro partido, (el número 39) el martes. Casi al final del primer tiempo de 15’ Kempes puso su coraje para tocar el balón con mucho esfuerzo para el 2 a 1, el estadio era una fiesta entre festejos apretujados y emoción imparable. Con el gol de Daniel Bertoni (3-1), en el segundo tiempo del alargue fue delirio general en celeste y blanco.

La Copa del Mundo fue entregada por el presidente Jorge Rafael Videla, integrante de la Junta Militar durante la Dictadura, después condenado por crímenes de lesa humanidad y principal responsable de la desaparición de miles de personas. Y quedó la imagen perpetua de Daniel Passarella levantando la Copa como capitán de la Selección argentina campeona de 1978.
Los festejos en el Obelisco
La tensión de vivir una final del mundo en forma presencial fue aflojando. Mientras salía del Monumental, los que estábamos ahí, nos dimos cuenta que “afuera empezaba el festejo”, que duraría horas y horas.
Los trenes de vuelta a Retiro venían atestados y nadie pagaba boleto. La multitud rugía por las calles céntricas y hacía imposible conseguir un lugar para comer. Los brindis y lo cantos arriba de las sillas se veían en cada lugar. Todo era peatonal y en la avenida 9 de Julio se producía la gran reunión.
Se despejaban las calles de a poco y era hora de comprar los diarios que aparecían a media noche porque los vespertinos estaban agotados. Había que conservarlos como reliquia por haber vivido ese 25 de junio de 1978.
Al otro día la Capital argentina despertaba llena de papeles y adornada de celeste y blanco y fue la ocasión para ir al cine a ver otra vez la final en Gran TV Color. Por supuesto se gritaron los goles como si fueran en directo. Tiempo de comer en una parrilla, de leer los diarios y de diagramar la vuelta el miércoles a Mendoza en el tren General San Martín.
Había que relajar el cuerpo y volver a rutina del trabajo y de las clases en la Escuela Superior de Propaganda y Publicidad. Fueron 78 mil asistentes los que vieron la final del Mundo. Y yo fui uno de ellos.

