Buenos días, a pesar de todo. Estamos viviendo una época apocopada. El apócope es la reducción, en parte, de algunas sílabas en las palabras o de algunas palabras en los nombres compuestos, de algunos términos de nuestro idioma, o sea, el acto de achicar, acortar, empequeñecer las expresiones.

    Lo hacemos con frecuencia y sin darnos cuenta, cuando decimos “tele”, estamos apocopando el término “televisión”; cuando decimos “foto”, estamos apocopando la palabra “fotografía; “bici” es apócope de bicicleta. Abusamos del apócope en los nombres: Caro es apócope de Carolina; Dani, de Daniel; Nico, de Nicolás; Pito, de Agapito; Meón, de Simeón. Los tacheros que usan radio para conseguir clientes, al hablar con la central, hacen uso de los apócopes con la intención de acortar sus mensajes.

    Estoy en Paso y Emilio, voy para Gari y Rioja, subo por Arístides hasta Martínez. La proliferación de los teléfonos celulares ha incrementado esta práctica. Sobre todo en los jóvenes, que al enviar sus mensajes de textos están apocopando. Entonces “ks” es casa, “xq” es por qué, “tqm” es te quiero mucho.

    Estos hábitos nos han llevado a acortar algunas manifestaciones cotidianas, por ejemplo, el saludo: no decimos buen día, sino “uendí”, no decimos hasta luego, sino “talué”, no decimos hasta mañana sino “tamañá”. La brevedad nos invade, la urgencia no nos permite expresarnos con integridad. Incluso, llegamos a usar una interjección para remplazar frases enteras, el “Ah”. Cuando no entendemos no decimos: “No te entiendo”, decimos: “¿Ah?”.

    Cuando entendemos algo no decimos: “Te entendí”, decimos “Ah”. Es más, cuando entendemos mucho alargamos la interjección: “Aaaaaaahhhhhhhh”. Abreviamos, apocopamos, que es una forma de hacernos más pequeños. Las palabras que usamos en nuestro léxico diario no pasan de ochocientas, el diccionario de la Real Academia cuenta ochenta mil, y, encima, apocopamos. En fin, es algo que no me explico.