En medio de la peor crisis económica rusa desde la década de 1990, Vladimir Putin viaja a Alaska para reunirse con Donald Trump en un encuentro que podría redefinir el rumbo de la guerra en Ucrania y el futuro financiero del Kremlin. El desplome del crudo a 55 dólares por barril, el gasto militar equivalente al 8% del PIB y una inflación de dos dígitos han dejado a Moscú al borde de la recesión.
La reunión llega en un contexto de ingresos petroleros en caída libre, déficit fiscal récord y un sistema bancario cargado de deudas impagables, tras años de créditos forzados a contratistas militares.
Putin llega con un pliego de exigencias —levantamiento de sanciones, reconocimiento del control ruso sobre Donbás y Crimea, y retirada ucraniana de zonas ocupadas—, mientras Trump advierte que, sin concesiones equivalentes, endurecerá las medidas.
Analistas aseguran que Rusia ya enfrenta un crecimiento del PIB de apenas 1,1%, consumo en retroceso y riesgo de colapso del Fondo Nacional de Riqueza antes de fin de año. El Banco Central elevó la tasa al 21%, el nivel más alto en 20 años, y pidió a los bancos reestructurar deudas para evitar impagos masivos.
Funcionarios y expertos coinciden en que la cumbre representa para Moscú una oportunidad de frenar la asfixia económica y, para Washington, un momento para negociar en condiciones de fuerza. El desenlace podría sellar no solo el destino de la guerra, sino también el lugar de Rusia en el sistema financiero global.
