Un país sin descanso, incapaz de tener cierta normalidad y tranquilidad, al menos, por unos días. Es la consecuencia lógica de la improvisación, de la voracidad y la incapacidad de los gobernantes para generar recursos propios. Se abusan de una sociedad que está acostumbrada al ruido político; tanto, que quedó adormecida. Ya no hay capacidad de reacción. La bronca se canaliza en las redes sociales y muere ahí.

Ni siquiera la paliza electoral del año pasado cambió los planes. Un conflicto le sigue al otro. Es la necesidad de vivir en la discordia. O es la única manera de mantenerse a flote y de lograr que la tropa de las últimas líneas, esas que defienden hasta lo indefendible, se mantengan con la guardia en alto para justiciar lo que sea necesario. En ese camino, el Gobierno decidió volver a poner en práctica una maniobra que, además de agudizar la incertidumbre económica, colocará de nuevo en escena la fractura social con que nos acostumbramos a vivir.

Una vez más, el campo es el objetivo a través de las retenciones. Una medida recurrente que nunca ha dado los resultados esperados, si es que el verdadero objetivo es lograr controlar los precios internos. Si no, no es más que la excusa perfecta para aumentar la rispidez en la sociedad argentina.

La discusión, incluso, puede ser más profunda y el debate sobre el protagonismo del sector agroindustrial en el desarrollo nacional puede darse. Pero, va más allá de eso: lo que está en discusión es la idea de un país en que el sector productivo debe financiar el déficit fiscal provocado por la clase política.