El problema del dólar es de tal magnitud que condiciona hasta la proyección de un país y, por contrapartida, le resta credibilidad y certidumbre. El hecho de que la economía soporte 18 tipos de cambio, con valores distintos en cada caso, según las circunstancias, incluso para hacer turismo en el exterior, revela de manera grosera lo endeble que estamos frente al mundo. Y atravesados por paradojas que nos empujan a la parrilla: las autoridades enfrentan de manera constante la necesidad de devaluar el peso argentino a favor de la moneda extranjera, para obtener así mejores rendimientos en impuestos como las retenciones a todo lo que se exporta. Un círculo vicioso. Ahora, el Gobierno planea un nuevo tipo de cambio diferencial destinado al agro. Está claro que el campo no existe como algo homogéneo.
La medida apunta más que nada a la soja. Las otras economías regionales, como el vino, corren muy por detrás y hasta enfrentan sus propias crisis en el caso de la vitivinicultura. Una economía despareja, del sálvese quien pueda, atravesada por fuertes intereses, termina complicando en general a los más vulnerables del sistema.
