La pandemia ha puesto a prueba la gestión de cada gobierno en más de un aspecto: desde la prevención de los contagios y la compra de los insumos para hacer frente al virus y evitar los colapsos en los hospitales, hasta la administración de las vacunas. Argentina ha llegado complicada a la adquisición de las dosis, y cada vuelo que parte hacia el exterior genera la pregunta de saber cuántas arribarán al país. Pero, a la vez, la tensión política de un año electoral agravado por la falta de transparencia del Gobierno nacional ha provocado que se hayan puesto en discusión los aspectos técnicos de las vacunas que se compran y suministran a la población.

Ante la escasez, se sumó el debate sobre la eficacia de las vacunas chinas, en lo que parece un malentendido, por parte de funcionarios asiáticos, pero que en el actual escenario político desató algo más que una simple polémica: dudas que pueden ser más que razonables. Si las autoridades sanitarias deciden implementar un plan alternativo, porque no consiguen la cantidad de vacunas que se necesitan, ¿con una sola dosis alcanza para darle cobertura a una persona?, entre otras interrogantes válidas en un escenario de incertidumbre.

Pese a todo, hay una certeza. Hay que vacunarse. Esto permitirá que, en la medida de lo posible, se evite el infierno más temido: el colapso de los hospitales, el momento en que no alcancen los respiradores y se tenga que elegir. La inmunización, a la vez, nos permitirá ir saliendo, poco a poco, de esta dicotomía que también complica a millones de argentinos, entre la economía y la salud. Y, en esto debe haber consenso político: se pueden discutir los acuerdos comerciales con los laboratorios, pero no poner en entredicho la necesidad de vacunarse.