Este viernes es el plazo de uno de los vencimientos de pago que Argentina tiene con el Fondo Monetario Internacional por la suma de US$700 millones. La cifra en sí no es  significativa pero no está sola, sino en un contexto en el que, en los últimos años, han ido menguando las reservas del Banco Central, lo que deja al país en una  inquietante situación. 

La negociación por la deuda, con los tira y afloja propios entre acreedores y deudores no es algo nuevo. Más allá de las responsabilidades políticas de la gestión que adoptó un crédito altísimo que condiciona futuras generaciones, el país vuelve a quedar de cara a un abismo por segunda vez en 20 años. Lo que marca este nuevo ciclo es la  incertidumbre.

Mientras no queda claro si el Gobierno nacional pagará, la situación terminará afectando a las administraciones locales, como la de Mendoza, así como también a las  empresas, que verán afectadas su acceso al financiamiento externo.

La discusión que existe en la alianza gobernante también es preocupante, puesto que no hay una postura consensuada sobre un acuerdo con el FMI. Y las señales que  dan algunos interlocutores generan más que dudas sobre el futuro. No debe haber en la historia económica mundial una experiencia similar a este ciclo argentino de  endeudamiento, reestructuración y, nuevamente, más años con la soga al cuello.