Los tiempos en los que se dan fuertes definiciones electorales son, a la vez, procesos en los cuales se confirman las relaciones, pero, también, los divorcios políticos. Estos últimos suelen ser más sonados. Salen a flote las miserias de cada fuerza o dirigente, sin ningún tapujo, incluso. Proliferan las zancadillas y chicanas, más aún cuando las diferencias pasan al terreno judicial y todo depende de un fallo.
Lo que debería ser operado en el marco de la racionalidad –si es posible entender de esta manera el arte de la política–, pasa a ser un teatro de operaciones y peleas entre
dirigentes, militantes y hasta de usuarios simpatizantes en las redes sociales. Nada más ajeno de lo que ocurre en una provincia que ve pasar rostros –en muchos casos, los mismos– elección tras elección, pero no se modifican los problemas estructurales que arrastran esa provincia y el país. Hay para elegir por donde el lector quiera ver.
¿Pobreza? Casi la mitad de los niños argentinos están en esa situación, una hipoteca para el futuro que sólo se resuelve con subsidios. ¿Crece la planta del Estado? Tampoco se observan medidas que fomenten el empleo en el sector privado, más allá de la informalidad de las plataformas digitales. ¿Los precios no tienen techo? Las herramientas son insuficientes si no se detiene la impresora de fabricar billetes. Con todo esto, las rencillas de lo chiquito que fogonea la clase política mendocina se quedan en eso, mientras la provincia permanece estancada.
