Los argentinos estamos a las puertas de una nueva instancia electoral, que nos lleva a escoger cómo votaremos para definir quién conducirá políticamente el país por los próximos cuatro años. Estamos, dicho en otras palabras, en una encrucijada con dos modelos totalmente opuestos que proyectan, al menos ahora, dos países diferentes.

Esto ha traído, como consecuencia, una polarización que ha desbordado la discusión o el debate racional, argumentativo, que debería primar. Por el contrario, lo que prevalece es la chicana, el meme rabioso, la defenestración del otro por ser distinto, y hasta la alteración de imágenes, en algunos casos, para conformar situaciones altamente viralizables, pero no verdaderas.

Es decir, lo que importa es ganar la discusión por ganar. No importan ya las contradicciones que empapelan cada vereda, sino enrostrar la culpa del fracaso o el miedo por perder lo poco que se tiene.

Los enfrentamientos ya no se contienen simplemente en las plataformas. Las sobrepasan y se dan, en algunos casos, en la calle. Mientras las fuerzas en pugna alimentan esta tensión, es necesario recuperar la calma social. Hay mucho por reconstruir en este país como para que nos hundamos en una violencia sin salida.