Poner límites debe ser, de todas las actividades humanas, la más compleja de determinar y la más difícil de cumplir. Establecer hasta dónde sí y hasta dónde no. Justificar cada una de esas decisiones y encontrar los mecanismos de control. En algunos casos, de autocontrol. Hace días, los medios reflejaban aspectos clave del expediente abierto para investigar la muerte del fiscal Alberto Nisman. Se trataba de imágenes que mostraban cómo había sido el trabajo de los investigadores (peritos, policías y magistrados) la noche en que fue hallado el cuerpo.
Nisman era el responsable de la Unidad Fiscal AMIA, a cargo de investigar lo sucedido el 18 de julio de 1994. Además, fue el fiscal que denunció penalmente a la presidenta Cristina Fernández y a funcionarios y allegados a su gobierno por intentar encubrir a los responsables del ataque terrorista. Una denuncia cuya solvencia aún está en discusión y que, casualmente, fue presentada sólo unos días antes de que el fiscal muriera. El expediente se filtró. Allí estaban las imágenes que lograban dar un panorama acabado de cómo era el interior del departamento en Puerto Madero donde vivía Nisman, escenario de toda la historia.
Más allá del uso periodístico de la fotos, el debate se centró en establecer hasta dónde llegarían los medios; no sólo los tradicionales, sino también las nuevas maneras de comunicación masiva englobadas en el concepto de redes sociales. ¿Por qué no publicamos las fotos de Nisman muerto?
Primero: por dignidad. Es la forma de mostrar respeto ante la muerte y frente a quienes más se afectaron con este hecho, como las hijas del fiscal, más allá de la postura que puedan tomar otros medios.
Segundo: por pudor. Publicar la foto sería violentar la imagen de la persona que murió. Ya bastante se ha atacado este punto haciendo públicas las imágenes de su vida privada, en un intento de deslegitimar su trabajo. Lo mismo ha ocurrido sistemáticamente desde el Gobierno.
Tercero: por buen gusto. El morbo produce cierto atractivo hacia las muertes violentas. Pero es más que nada por la miseria de centrarse en tragedias ajenas. Mostrar un cuerpo sobre un charco de sangre, salvo que sea fundamental e indispensable para comprender un hecho, no es precisamente lo que queremos ofrecer a nuestros lectores.
