Este domingo empezó lo que muchos consideran una nueva era para Argentina. Hay para quienes la asunción de Javier Milei representa genuinas expectativas de que muchas o determinadas cosas del país cambien a partir de esta gestión.
También es cierto que comenzarán a revelarse las incógnitas que desató su llegada al poder en cuestión de días. Se trata de temas sensibles que el nuevo jefe de Estado ha decidido, en principio, declarar de entrada.
Advirtió que no hay otra alternativa que ajustar la economía y que estamos cerca de la hiperinflación. Ahora resta saber cómo se distribuirá el costo de esas medidas, que no sólo son números de la macroeconomía, sino que también repercuten en la vida de millones de argentinos, algunos con mejor espalda, otros sin tener dónde caerse o hacer equilibrio.
Decirlo de frente, al hueso, es una buena señal de la transparencia para marcar lo que viene en el corto y mediano plazo. Por fuera de esto, más allá de los actos oficiales y la algarabía de un sector de la clase dirigente, a lo que en general se aspira es a lograr un país normal, sin que la angustia domine hasta en la almohada, sin tener que sentir que uno puede dejar la vida mientras espera en la parada del colectivo y que permita proyectar, mantener un trabajo y dar empleo sin sobresaltos.
