Javier Milei se abraza con Manuel Adorni. Credit: NA

La política argentina ya ha advertido que la situación del jefe de Gabinete Manuel Adorni es insostenible. La única excepción a ese convencimiento es la del presidente Javier Milei y la del coro de fanáticos que lo rodea. Alfredo Cornejo, uno de los gobernadores que se considera entre los aliados al gobierno nacional, sino el que más, ve al funcionario que se enriqueció ahorrando en negro y con un golpe de suerte descomunal tras haber invertido 200 mil dólares en el 2013 en bitcoin, como un personaje irrecuperable políticamente hablando. El gobernador espera, como alguno de sus pares que apoyan el rumbo, que Milei se desembarace del vocero cuanto antes por el daño que su permanencia infringe a la gestión. No estará entre aquellos que hoy empujarían a Adorni hacia abajo, por el desfiladero. Pero tampoco entre los que podrían extenderle una mano salvadora. El tema ha sido hablado en buena parte del radicalismo nacional; entre Cornejo con los legisladores oficialistas mendocinos, tanto en Diputados como en el Senado y entre Cornejo y Patricia Bullrich, cuando la senadora visitó Mendoza días atrás. La pelota está en el campo de la Rosada. Y en la Justicia.

Arrancó el Mundial y hemos vuelto a apasionarnos con su inicio. El gobierno de Milei intenta exhibir las buenas noticias de la macroeconomía, a su manera, es cierto, pero el escándalo que envuelve a Adorni va camino hacia un grave problema político, para el gobierno claramente y también para las expectativas de los argentinos, sufrientes por la situación y que todavía tienen puestas las fichas en la promesa de cambio real.

Se han producido novedades objetivamente positivas para la administración de Javier Milei: una mejora de la calificación crediticia, el descenso del riesgo país y la consolidación de algunos equilibrios macroeconómicos.

En Mendoza se está a la espera de la cosecha de aquello que se sembró tiempo atrás, después de tantas idas y vueltas y desencuentros, en materia energética, minera y petrolera; esto último a mediano plazo, con la esperanza de replicar en el sur provincial al menos una parte de la experiencia de Vaca Muerta. Son sectores que hoy empujan la economía nacional, aunque todavía sin un impacto positivo en la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos.

Los últimos días acercaron incluso una noticia auspiciosa alrededor de la metalúrgica IMPSA, hoy en manos del fondo norteamericano IAF. Comienza a tomar forma una salida para aquella operación que durante el kirchnerismo terminó hundiéndola: los fallidos negocios, emprendimientos e inversiones en la vieja Venezuela chavista. Ahora, con la nueva realidad geopolítica que gira alrededor del tutelaje de Donald Trump, se ha emprendido un camino para reactivar lo que quedó inconcluso por falta de pago. Se trata del reinicio de los trabajos en las centrales de Tocoma y Macagua, con el envío del material que permanecía depositado en la planta de Rodríguez Peña y la fabricación de nuevos componentes. Una noticia de las buenas.

Sin embargo, esos logros, tanto los de la macro nacional como los que comienzan a sumarse desde Mendoza, quedan eclipsados porque el oficialismo está exhibiendo una debilidad mucho más complicada que cualquier indicador económico: la pérdida de autoridad moral.

¿Cuánto afecta eso al gobierno de Mendoza por su acompañamiento político y coincidencia estratégica con la administración nacional? Es difícil saberlo. Pero sí resulta visible un golpe político que se agrava con el desgaste natural del tiempo y la acumulación de errores.

La política argentina siempre fue capaz de esconder lo importante detrás de lo urgente. Esta semana confluyeron dos fenómenos perfectos para ello.

Por un lado, la pasión mundialista que monopoliza conversaciones, tertulias, pantallas y emociones. Por otro, las explicaciones cada vez más endebles —e incluso irrespetuosas para una parte de la sociedad— de Adorni respecto del origen de fondos que le permitieron protagonizar, apenas dos años atrás, un salto patrimonial y un nivel de gastos que no guardan relación evidente con lo que públicamente se conocía de su situación económica.

La supuesta herencia oculta de su padre, la fortuna acumulada en actividades privadas, los ahorros en negro, las criptomonedas y el medio millón de dólares reunido en tiempo récord conforman un relato que no sólo emerge como inverosímil. Para una parte creciente de la sociedad suena directamente como una afrenta a la inteligencia colectiva.

Mientras tanto, casi inadvertidas, llegaron confirmaciones que cualquier administración hubiese celebrado durante semanas: una mejora en la nota crediticia argentina, una reducción sostenida del riesgo país y señales de fortalecimiento macroeconómico que hasta hace poco parecían una quimera.

Pero para colmo de males, y en medio de la agudización del caso Adorni, ocurre algo curioso. El Gobierno muestra esos datos con soberbia cuando debería presentarlos con humildad. Los comunica como una revancha política más que como un alivio colectivo.

Y en ese proceso sigue perdiendo contacto con una parte importante de los argentinos que todavía no perciben esas mejoras en su vida cotidiana, aunque continúan respaldando el rumbo general.

Las principales consultoras del país, con metodologías diferentes y tendencias diversas, coinciden en un diagnóstico similar: la economía puede estar mejorando en los tableros macroeconómicos, pero el humor social sigue deteriorándose.

Las mediciones de la Universidad de San Andrés, Hugo Haime y D’Alessio-Irol ubican el rechazo a la gestión libertaria alrededor del 60 por ciento, mientras que un tercio de los consultados mantiene una valoración positiva.

Más significativo aún es el estado emocional que registran los estudios: bronca, desánimo y tristeza predominan en tres de cada cuatro argentinos. La explicación aparece cuando se observan las preocupaciones dominantes.

La inflación ha dejado de ocupar el centro de la escena. Ahora los principales temores son la falta de trabajo, los bajos salarios y, paradójicamente, la corrupción.

El Gobierno parece estar ganando algunas batallas económicas mientras vuelve a abrir un frente que había prometido clausurar para siempre: el de la transparencia, el de la honestidad, el de gobernar con la verdad y el de no tolerar ni apañar hechos de corrupción.

Inquieta la caída de la imagen presidencial, pero también comienza a observarse un cambio en eso de la asignación de responsabilidades. Durante meses Milei pudo refugiarse en la pesada herencia kirchnerista. Y todavía lo hace. Pero hoy, según la consultora de Hugo Haime, un 42 por ciento responsabiliza a la actual administración por la situación social, mientras apenas un 33 por ciento sigue apuntando al kirchnerismo.

La advertencia ya comenzó a escucharse incluso entre aliados. El PRO de Mauricio Macri exige desprenderse del ponzoñoso Adorni. Y hasta en Mendoza la vicegobernadora Hebe Casado expresó en público lo que muchos dirigentes oficialistas piensan o dicen en voz baja: no le creen al jefe de Gabinete y consideran que se ha transformado en un problema político serio para Milei.

Los aliados observan una amenaza al principal activo del proyecto libertario. La idea de que venía a hacer algo distinto.

Se sabe que Cornejo decidió acompañar estratégicamente al Gobierno nacional porque considera que el rumbo económico es correcto y que el objetivo final es transformar estructuralmente a la Argentina. Pero si la sociedad concluye que las viejas prácticas sobreviven detrás de los nuevos nombres, el costo político terminará alcanzando también a quienes decidieron asociarse a ese proyecto. Y algunas señales comienzan a sugerir que algo de eso ya está ocurriendo.

La baja del riesgo país es una buena noticia. La mejora de la calificación crediticia también. Ambas hablan de una Argentina que vuelve a generar confianza en los mercados. Pero ningún programa de gobierno se sostiene únicamente sobre la confianza financiera.

Necesita también confianza moral. Y esa es mucho más difícil de reconstruir cuando se rompe. El Mundial terminará. Los mercados cambiarán de humor una y otra vez.

Lo que quedará será una pregunta mucho más profunda: si quienes llegaron prometiendo terminar con los privilegios y la corrupción están construyendo algo distinto o simplemente administrando, con otros nombres y otros protagonistas, las mismas tentaciones de siempre.