El kirchnerismo parece desayunarse de que es gobierno. Tampoco parece registrar que Sergio Massa, su candidato a presidente, es el ministro de Economía de la Nación.

Menos aún, que este el cuarto año de gestión de Alberto Fernández y que la jefa de todos, Cristina Fernández, es la vicepresidenta. Ni hablar de reflexionar que, de los últimos 20 años, 16 fueron con ese color político en la Casa Rosada.

Entonces ya no queda margen para buscar fantasmas y convertirlos en enemigos populares. Toda la crisis, la social y la económica, tiene sus marcas. Pero no es un problema de gestión. Es más profundo: existe una negación de la realidad; una narrativa que busca justificar por todos los medios años de desidia y corrupción.

Y, si nadie se hace cargo, encontrar una solución parece imposible.

Argentina necesita al menos un poco de previsibilidad y normalidad.

Incluso en la situación complicada que atraviesa el país, es necesaria una voz de mando que traiga algo de cordura. Por ahora, no aparece. Y estamos prisioneros de una batalla retórica entre negadores de la realidad y falsos mesías.

Pero, sobre todo, es momento de terminar de una vez por todas con los fanatismos idiotas; con la incapacidad absoluta para leer el presente y convencidos de que el éxito se puede conseguir por el mismo camino que nos trajo a este fracaso.