Se viene un año electoral.

A diferencia de otras provincias, en las cuales la marca política es el feudo y un atraso importante en materia social, donde el Estado garantiza todo pero no termina resolviendo las principales falencias a largo plazo, Mendoza ha podido distinguirse por su institucionalidad.

Sin embargo, como se ha dado la construcción del actual escenario electoral, las internas en algunos departamentos están a la orden del día y de la peor manera. Las fuerzas y los candidatos tienen que volver a encarrilarse. Hay mucho por discutir y, de todo lo que hay por resolver, no hay agenda electoral que lo contenga. Las cifras que se conocieron la semana pasada sobre el censo en la provincia son una muestra muy gráfica de lo que todavía está pendiente.

Si cuatro de cada diez mendocinos carecen de vivienda propia es un tema que merece debatirse. Ni hablar de la pobreza, que se profundiza con la marcha inflacionaria. Ubicados en esos ejes, entonces, lo más conveniente es bajar la efervescencia y enfriar el proceso desde las propuestas. La ciudadanía está pidiendo soluciones concretas, y es evidente el cansancio social ante una clase dirigente que se maneja entre focus groups y núcleos duros de militantes. En esa zona de confort, nada nuevo habrá para proponerles a los votantes. Eso sí, toda discusión no debe salirse del marco democrático, de la convivencia en los barrios. Por fuera de esto, nada.