El auto del conductor alcoholizado.

La tragedia en el Acceso Sur muestra de manera brutal la falta de educación vial y la necesidad de reforzar las campañas de prevención sobre los excesos en el consumo de alcohol al volante. El costo fatal es la pérdida de dos vidas humanas.

Hay una verdad que suele decirse mucho en ambientes jurídicos: un auto es un arma. Porque, eventualmente, puede ser la herramienta que desencadene un accidente con muertes. Más aún si quien está al volante tiene la conciencia y los reflejos alterados por una noche de abuso de alcohol.

No es el primer siniestro que genera muertes en esa vía rápida. Años atrás, un médico a la salida de un boliche embistió la parte trasera de un taxi y mató a dos chicas. Su alcohol en sangre también fue elevado. A esta altura del partido, es difícil desconocer que si uno ha tomado no puede generar riesgos a la hora de conducir, sobre su propia vida o la de terceros.

Nadie puede alegar ignorancia. Manejar con 2,7 grados de alcohol en sangre es, directamente, ser considerado un asesino. Es como un volante con bala en boca.