El kirchnerismo se ha caracterizado por revertir fechas que son caras para los argentinos y su historia. Ocurrió con el 25 de Mayo, pasó con el 24 de Marzo y, ahora, sucedió con el 9 de Julio, cuando el escenario político se montó en la superficie con la inauguración de una obra energética importante y de inversión millonaria, pero que en lo profundo fue finalmente un acto de campaña. Como se trata del oficialismo, las contradicciones no demoran en salir a la luz. En concreto, la eficacia del mensaje del Gobierno se centra en atar cada fiesta patria a un relato específico, que en este caso fue el del gasoducto que lleva el nombre del ex presidente Néstor Kirchner.

La capacidad de supervivencia política de una fuerza depende de estos hechos, donde la historia se reinterpreta. De fondo, ya no se celebra lo ocurrido en Tucumán, cuando un grupo de hombres se la jugó por la independencia del país, sino porque el recuerdo debe quedar latente, al menos, en el núcleo duro de la militancia. Como contrapartida, cada vez hay una menor importancia por lo que ocurrió hace 200 años y se ve notablemente en la calle, sin un espíritu que reafirme el costo de mantenernos como una patria sin ataduras.