Hay una cuestión en la política que se ejercita en el Poder Legislativo que parece haberse perdido en un país agrietado, entre fuerzas políticas que se pisan la manguera constantemente unas a otras.

Tiene que ver con el hecho de apoyar las mejores normas en beneficio de la sociedad o el bien común. Por el contrario, lo que prima es el cajoneo. Sucedió con una ordenanza en el Concejo Deliberante de Godoy Cruz, donde se extravió un proyecto durante tres años, por lo que no podía ser promulgado. Un sinsentido de la política más amarreta, que primero se fija en el pedigrí de las iniciativas en lugar de analizar si la ley es correcta, pertinente, si mejora o empeora la situación, si es aplicable y cumplible, si es racional, incluso. Pero no. Antes que nada prima la política partidaria, que lo dirime todo en la concepción maniquea. Estas actitudes no complican a los rivales, sino a los ciudadanos. Que se debata, que se desmenuce cada iniciativa todo lo que sea necesario y que, finalmente, se vote, pero estas trampas no le hacen bien a nadie.