Cada vez que se debió tomar una medida antipática, también resultó llamativo cómo desde el poder central echaban mano de fundamentos que exculpaban y concentraban los cuestionamientos a un tercero. Y esta situación volvió a ocurrir a la hora de apelar a un nuevo confinamiento duro, una restricción que genera malestar por más de una razón. 

Es una manía política. Siempre será más fácil colocar en otro, un adversario que es necesario construir, los males de la gestión. Implica no hacerse cargo de los propios errores en la administración de la pandemia, que comenzaron desde el minuto cero incluso antes de que se decretaran los primeros días de encierro, cuando el virus era una cuestión lejana, apenas una gripecita. Desde aquella pequeña relativización a cuestiones más groseras, no previstas y, en algunos casos, hasta delictivas.

No se testeó lo suficiente. No se negoció de la mejor manera con los principales laboratorios para obtener las vacunas necesarias para inmunizar y volver a darle fuerza al ciclo económico. E incluso hasta permitieron que se colaran en la fila de la vacunación, otorgando privilegios a unos por sobre otros. Todos errores no forzados. A hacerse cargo.