La política es un teatro. Hay improvisaciones y actuaciones sobre los problemas que atraviesan al país. Pero, como suele decirse, no sólo hay que ser, sino también parecer. La fase más dura de la cuarentena exigió de los ciudadanos el cumplimiento de las normas de aislamiento. Pero, así como se postulaba con el dedo que esta  medida era imprescindible para evitar un aumento en los contagios –y quienes la acataron debieron sufrir el doloroso momento de no poder acompañar a sus enfermos o despedir a sus muertos–, bastó apenas la filtración de una foto para revelar la impostura. Es lo que sucedió con el escándalo en la fiesta de cumpleaños en la residencia  presidencial en Olivos. Ahora ocurre una situación similar con quien fuera una fugaz ministra de Economía. En su brevísimo paso postuló contra aquellos que reclamaban dólares para viajar contra la decisión del Gobierno de reservar esos recursos para la producción. Hasta ahí es discutible, pero es una medida. Bastó otra foto para encontrarse con que lo inflexible era, en realidad, relativo. A las decisiones del Gobierno no sólo hay que declamarlas, también hay que ponerles el cuerpo. En ese apartado se ubica, asimismo, una legisladora de la oposición, quien, en su momento, despotricó contra los pases a planta del kirchnerismo en el Congreso.

Ahora se conoció que su hermana es su asesora. No es el único caso en el cual un familiar es designado con un buen contrato.

Esto muestra no sólo la distancia que existe entre la política y el resto de la ciudadanía, sino un profundo desprecio por la palabra empeñada. Hay un camino de descreimiento que afecta a la política en general y del que difícilmente se vuelve.