Se juega como se vive. Es una frase trillada, es filosofía de tribuna, una metáfora de lo que muestra una cancha de fútbol. Y ahí está el River campeón dirigido por Marcelo Gallardo. Y entonces aparece la posibilidad de rescatar ciertos valores que convirtieron a su equipo en un conjunto admirado por propios y ajenos, tanto en su mejor momento como en las situaciones más críticas.

Algo que caracterizó al director técnico fue la posibilidad de mostrar que vale apostar a nuevas teorías, a incorporar ciencias que parecían completamente ajenas a un deporte tan popular. Pero, sobre todo, se destacaron algunos valores que inculcó a los jugadores y que se pueden replicar en la vida cotidiana. Por ejemplo, jugar bien, jugar limpio y ser un digno rival.

Tal vez parezca un detalle, y aquellos que no son amantes del fútbol, quizá, no lo comprendan. Pero, el técnico echó por tierra la vieja práctica de esconder las pelotas y hacer tiempo cuando su equipo iba ganando. Lejos de eso, estimuló a su plantel a seguir atacando, a no perder tiempo, a jugar, siempre jugar, con el espíritu lúdico del que quiere ganar por placer y porque, en el fondo, para eso juega.

Incitó a sus dirigidos a no caerse en la adversidad, siempre hay tiempo para remontar, para dar vuelta una historia que viene complicada. Porque, al final, el que propone desde la nobleza, tarde o temprano sale ganando. Su secreto fue jugar en equipo, abandonar las teorías de los ídolos salvadores, saber conformar un grupo indestructible. Ocurrió exactamente lo mismo con la selección argentina que salió subcampeona del mundo. Por eso generó admiración, por eso su bandera fue Javier Mascherano, como ícono de quien es capaz de sacrificarse por el equipo y no agachar nunca la cabeza.

Quizá llegó el momento de hacer una lectura de esos mensajes que vienen de la cancha y empezar a vivir como se juega.