Como sucede todos los años, se inició la ronda de negociaciones con los gremios para definir una de las erogaciones más grandes del Estado: los salarios de los agentes públicos. El tire y afloje no será sencillo, puesto que todos tienen sobre sus espaldas un peso importante. Los corre la inflación. Es, precisamente, el principal problema que corroe los bolsillos de los mendocinos y que no otorga previsibilidad a los que gestionan lo público.
Por eso, es de ponderar que esta pulseada se dé en el marco de la racionalidad de una sociedad que no sólo está apurada por los precios sin freno, sino por la recuperación económica tras la pandemia. Con todo, hay una cuestión que ya le erizó los pelos a más de un gremialista mendocino: el ofrecimiento de un bono que requiere el cumplimiento de la presencialidad para cobrarlo a lo largo de todo un año. No es una exigencia imposible, nada fuera de lo real. Se les pide a los empleados públicos de la provincia que asistan a sus ocupaciones diarias.
Por estos días, la renuncia de una reconocida artista de la danza al mayor templo de la cultura argentina, el Teatro Colón, volvió a poner en el debate la imposibilidad que hay en algunos ámbitos públicos de avanzar en el camino de la excelencia debido a los palos en la rueda que ponen los gremios. Es un problema no sólo cultural sino político y que, de alguna manera, nivela hacia abajo. No es meritocracia, sino la posibilidad de exigir que lo que pagamos con impuestos sea mejor y que, en algunos casos, estén los que se capaciten debidamente y no solamente los ñoquis.
