Durante el 2022, en Rosario se llegó a uno de los récords más trágicos de la historia moderna: se cometieron 288 crímenes violentos. Solo en enero de este año hubo 22 homicidios.

La ciudad a orillas del Paraná vive en la incertidumbre de no saber si en una parada de colectivos alguien puede gatillar contra otro y herir o matar a terceros o, si al salir de una vivienda, será abordado de improviso por sicarios. La violencia imparable, impulsada por el narcotráfico, se ha profundizado cada vez más, al punto de ser un drama social sin que el mundo de la política pueda frenarla.

A esto se suma algo que se daba en Colombia en los 90: el crimen por encargo. Los ministros de Seguridad se suceden uno tras otro y reflejan el fracaso de cada gestión. Por otro lado, lo aportado por la Nación en materia de fuerzas federales no ha resultado suficiente para hacerle frente a un fenómeno que está enquistado y puede, posteriormente, irradiar a otras jurisdicciones, porque el mensaje que finalmente expresa el narco es que el Estado, en cualquier nivel, no da las suficientes garantías para vivir en paz.