Llegar a una final de un Mundial de Fútbol es un momento de alegría para millones. Más aún porque nos sirve para olvidarnos, al menos por un par de horas, de todo lo que cargamos en la mochila y que tiene que ver con la incertidumbre de la economía.
Ocurrió cuando esta misma Selección ganó la Copa América. Aquellas celebraciones en las calles fueron un desahogo luego del encierro al que nos sometió la cuarentena.
Hasta ahí, la bandera, la bocina, las caras pintadas, todo ese folclore está muy bien, pero hay límites que es importante respetar, fundamentalmente, porque se puede poner en riesgo la vida propia o la de terceros.
En las celebraciones en Mendoza, como, seguramente, todo el mundo ha visto a través de videos que se viralizaron en las redes sociales, hubo personas que viajaron a como diera lugar en el transporte público. Por otro lado, los destrozos que quedaron en el microcentro capitalino también reflejan el desborde social que no comenzó, precisamente, con el fútbol.
Por el contrario, tiene que ver con cómo durante todos estos años se ha ido profundizando la degradación del tejido social y algo tan simple como el respeto por el otro y el cuidado del patrimonio público. Más allá de la victoria, la idea es que todos podamos celebrar con alegría, en paz y sin causar daños.
