Que una familia tipo necesite más de 76.000 pesos para no ser consideraba pobre en Argentina debería ser un llamado de atención para toda la clase dirigente, enmarañada en peleas que parecen no tener ninguna posibilidad de acuerdo.

Lejos de las grandes discusiones políticas, hay un país que se hunde en la angustia de, por ejemplo, no saber cómo llegar a ese número para cubrir las necesidades básicas y alimenticias. Por caso, una pareja con sueldos similares al Mínimo, Vital y Móvil no podrían sumar el número que determina de qué lado de la línea de pobreza ubicarse.

De todos modos, es un concepto un tanto ambicioso creer que satisfacer comida, casa y ropa es dejar de ser pobre. Ese debería ser apenas el punto de partida: lo básico asegurado para que una persona pueda proyectar, desarrollarse, crecer, divertirse, aprender, viajar, investigar.

Esa es la agenda urgente. Y hay todo un sector que parece no verlo, que romantiza la idea de vivir de manera precaria; que desprecia el crecimiento y el mérito. Que está explícitamente en contra de la movilidad social a partir del esfuerzo personal.

Eso sepulta cualquier posibilidad de tener un futuro un poco más auspicioso. No sólo es económico el problema argentino. Tal vez sea el más fácil de resolver. La cuestión de fondo es cultural.

En nuestro país, no ser pobre es apenas sobrevivir, estresarse, acongojarse y estar en estado de alerta en todo momento para no perder lo poco o mucho que se puede haber conseguido y que la historia enseñó que, al menos por estas pampas, es todo efímero.