Por estos días, Mendoza va a estar en el foco de la campaña nacional para llegar a la Casa Rosada. Como una de las 5 provincias con más votantes, la necesidad de asegurarse sufragios en un panorama crítico por la economía ha hecho que los principales precandidatos vengan, insistan, busquen diferenciarse, se saquen chispas, pero también den algunas certezas, en el mejor de los casos, sobre cómo piensan resolver el descalabro nacional.

Hay mucho de promesas, sobre todo, mientras más lejos se está del poder. Estos cantos de sirena en general tienen un problema: pueden ser frases fuertes para los titulares o para que se viralicen pronto en las redes sociales. Pero, en el fondo, se trata de frases que se desnudan a sí mismas, lo que hace aún más débiles las plataformas electorales.

Es cierto que ningún candidato o sus principales referentes en cada materia se animan a decir lo que realmente quieren hacer o lo que pueden realizar de acuerdo con los límites que les marca la realidad. También sucede que muchos se enamoran de sus propios eslóganes. Sin embargo, este país, para salir del atolladero, necesita algo más que marketing. Por empezar, que no prometan nada que luego no se pueda cumplir.

Es poco y es mucho.