Si la idea es cambiar las formas y no el fondo, la discusión no es más que de diseño. Y, en el caso del proyecto para la implementación de la boleta única en Mendoza, el debate tiene que ser político y con un objetivo claro: romper claramente con el sistema actual, terminar de una vez por todas con la posibilidad de que –solapadas o no– existan las listas sábana y buscar cambios democráticos profundos. Los legisladores provinciales deben tener la capacidad para, una vez instalado el tema en la Legislatura, lograr una ley que ponga a Mendoza a la vanguardia electoral. Es necesario dejar de hablar del modelo cordobés o del santafesino y mostrar que existen argumentos para armar un proyecto original, nuevo, que apunte a la transparencia y a la institucionalidad.
Es un trabajo de introspección y honestidad intelectual para la mayoría de los diputados y senadores que saben que, de no ser por el sistema vigente, tal vez nunca hubiesen llegado a ocupar una banca. De eso se trata la boleta única, de saber a quién votamos, lo cual implica una revolución en las viejas estructuras partidarias. Es llegar a lugares electorales de privilegio por méritos que puedan ser ponderados por la ciudadanía y no por la devolución de favores políticos. Que cada uno tenga que militar su voto. Mostrarse abiertamente en público en vez de camuflarse en una maraña de nombres; la mayoría, desconocidos.
Que la pregunta “¿y este de dónde salió?” quede desterrada de la provincia. Que los mendocinos voten a quien realmente eligen.
