Aunque suele generar ruido y polémica, la política argentina no recibe, generalmente, impactos conmocionantes que la obliguen a torcer sus planes. El crimen de una niña de once años cometido por motochorros cuando la pequeña iba a la escuela pone un parate a cuatro días de las elecciones Primarias y vuelve a instalar –en un momento delicado políticamente– el debate sobre la inseguridad, sobre todo, en el conurbano bonaerense, una de las zonas más violentas del país. Aprovechar electoralmente esta situación, donde se mezcla la bronca y el dolor, es de miserables. Y también obliga a los dirigentes a repensar tanto la política de seguridad como las doctrinas. Basta de apañar a delincuentes. Hay una sociedad frustrada que se mueve con miedo todo el tiempo en cualquier ciudad porque no sabe en qué momento será víctima. Son las mismas personas que en el día a día buscan la equidad a través de su propio trabajo en un país que no regala oportunidad y en el que sobran crisis. Pero, si los sistemas de justicia o seguridad no acompañan, lo que queda es la desolación del ciudadano tanto ante la delincuencia como frente a los mecanismos del Estado que deberían garantizar una vida más segura.