En los próximos días, el Ministerio de Economía convocará a un nuevo acuerdo de salarios y precios. En una misma mesa, el Ejecutivo intentará sentar a gremialistas con empresarios. No se sabe, por el momento, si esta iniciativa será aún más generosa en su alcance e irradie a fuerzas políticas de la oposición.
Parece novedosa pero, en realidad, no lo es. Ya ha habido intentos durante este gobierno, también en los pasados, en los cuales se quiso concertar para frenar la carrera en ascenso de los precios. De hecho, la Casa Rosada ha avanzado en distintos convenios para poner un techo –como sucede con los combustibles– pero, evidentemente, o es un esfuerzo que resulta inconsistente o no saben todavía cómo colocarle el collar al perro.
Para colmo, los tiempos electorales fogonean a la impresora de billetes, que no se detiene. Hasta los bancos se han quejado porque no tienen depósitos para contener la cantidad de billetes de baja denominación que andan dando vueltas. Hay algo que es correcto en todo eso. La salida es política, a través de un consenso multisectorial, con una plataforma de ejes generales, de medidas, tal vez, urgentes, para el corto plazo.
Pero, si ni siquiera se pueden cumplir las obligaciones con un acreedor internacional, si las cuentas no se ordenan ni se estabiliza el gasto público en lo esencial, caemos en eso que remarcaba el Martín Fierro: “Al que nace barrigón…”.
