“Va a ser un día interesante”, pronosticó Roger Federer. El suizo, probablemente, se quedó corto: pocos planes mejores que vivir pendiente de Roland Garros hoy, un viernes de lujo en el que, por primera vez desde 2006, los cuatro mejores tenistas del mundo se disputarán el título del Abierto de Francia. Abrirá el español Rafael Nadal, número uno del mundo, enfrentándose al británico Andy Murray, cuarto, y cerrarán Roger Federer, tercero, ante el serbio Novak Djokovic, invicto esta temporada y que se asegurará el número uno si bate al suizo.

    Djokovic no pierde desde que el 27 de noviembre del 2010 Federer lo derrotó a en las semifinales del Masters de Londres. El suizo, que en los últimos siete años se repartió el número uno en un imponente duopolio con Nadal, tiene en su raqueta y en su talento la clave para decidir si el español inicia su semana número 99 como líder del ranking o se queda en 98. “Quizás, al tratarse de un gran partido, para él sea más fácil enfocarse en eso y no pensar en toda la situación”, aventuró Federer en una incursión al pensamiento de Djokovic.

    Es Federer, en todo caso, quien tiene el verdadero problema hoy. Tras aquel 6-1 y 6-4 en Londres, el suizo encadenó tres derrotas –Australia, Dubai e Indian Wells– ante Djokovic, al que apenas pudo arrebatarle un set. Pero, Federer, 13 veces vencedor en los 22 partidos que jugó con el serbio, se ilusiona porque es el único de los semifinalistas que no perdió un set. Nadie espera que Djokovic haya dedicado sus inusuales cuatro días libres a hacer turismo en París, pero lo cierto es que el serbio se vio beneficiado por el abandono del italiano Marco Fognini en cuartos de final. Nole, en definitiva, no juega desde el domingo, todo un regalo en una recta final que requiere de frescura física y mental.

    Djokovic preparó a conciencia su semifinal ante Federer, y el miércoles, incluso, entrenó con el legendario John McEnroe. Un peloteo muy diferente al de Nadal hoy, que practicó golpes con Hugo Dellien, un juvenil boliviano, buscando afinar su forma de cara al gran objetivo: ganar dos partidos más para conquistar su sexto título en el Abierto de Francia e igualar el récord del sueco Bjorn Borg. Enfrente tendrá a un difícil rival, aunque Murray haya perdido diez de las 14 veces que enfrentó al español.

    “Murray hace muchas cosas bien, por no decir prácticamente todas. Necesito ritmo, ilusión e intensidad”, analizó Nadal de cara a un partido que es muy importante para el tenis británico. Fred Perry en el US Open de 1936 fue el último jugador de las islas en ganar un Grand Slam. Murray ya llegó a tres finales grandes, la última de ellas ante Djokovic en Australia, pero perdió todas sin ganar siquiera un set. Su presencia en semifinales implica ya su mejor actuación en la arcilla parisina. Que Roland Garros cruzara a Nadal y Murray era sólo cuestión de tiempo.

    La relación se inició hace casi una década e incluyó una interesante conversación en un campeonato europeo Sub 16 en Andorra. El español derrotó al escocés en aquella final, y luego contó, ante un Murray asombrado por lo que escuchaba, que vivía en Mallorca, un lugar en el que entrenaba al aire libre y al sol todo el año. Un paraíso en el que practicaba incluso con Carlos Moyá. Murray no había tenido nunca la posibilidad de pelotear con Tim Henman, el equivalente británico a Moyá.

    Sus sparrings eran su hermano Jamie, su madre, Judy, y algunos jugadores locales de mediocre nivel. Al volver a su casa, Murray fue claro con su madre: “Rafa entrena bajo el sol todos los días, apenas va al colegio y juega cuatro horas y media por día. Yo apenas juego cuatro horas y media a la semana. No es suficiente”. Murray logró así dejar la sombría Dunblane –donde incluso sobrevivió al ataque de un desquiciado que mató a balazos en la escuela a varios de sus compañeros de colegio– y logró poco después entrenar una temporada bajo el sol de Barcelona.

    Allí se dio el gusto de batir 6-3 y 6-1 a Emilio Sánchez, ex top ten y uno de los dueños de la academia. Allí tomó el impulso necesario, el mismo que lo instalará hoy en el estadio central de Roland Garros. El impulso que, espera él, también lo deposite de una buena vez en la historia grande del tenis.