Dicen que a las cuatro de la madrugada, el mundo se detiene un instante. Aseguran que por la noche, justo a esa hora, es cuando el silencio abarca los rincones menos esperados. Es el momento cuando casi todos ya duermen o porque recién concilian el sueño los noctámbulos amigos de la noche o porque aún no despiertan los trabajadores. Para nosotros fue la hora en que, vaya a saber por qué misterios de la vida, nos quedamos pasmados mirando el cielo, con la boca abierta y sin siquiera poder parpadear. Estábamos tirados junto a las carpas, con el fuego ardiendo y en pleno relato de los caminos y vericuetos por donde, nos contaron, se las rebuscaba el Futre.

    Cada uno de los más grandes dábamos un detalle nuevo del jinete sin cabeza, otro aporte a la imaginación para que los más chicos cristalizaran aún más la leyenda. Estábamos en el Puesto Sosa, en el pedemonte mendocino, un lugar mágico para quienes adoran las montañas. Está justo en la base del cerro Negro y la familia de allí es tremendamente hospitalaria con los que llegan a disfrutar cabalgatas por la precordillera. Fue una salida con mis hermanos y sus hijos y un par de amigos, todos hombres, porque era una noche de campamento y aventura. A la tarde y después de bajar el asado, nos propusieron un genuino partido de potrero.

    El Fede, hijo del puestero, liberó a los chivos y habilitó el lugar. Pequeño, como una cancha de fútbol cinco, era suficiente como para hacer un cotejo de cuatro contra cuatro. Fue genial, perdimos la cuenta de los goles, del tiempo y nos revolcamos un poco entre la bosta, el pasto y el barro. Olor a campo nos quedó. Después llegaron los mates y unas tortafritas que nos reacomodaron las energías cuando el sol ya estaba cayendo. Y más tarde, mientras empezamos a contar las historias de campo junto al fuego, terminamos la noche recalentando el asado para comerlo en sanguchitos. Acomodamos las carpas y las jodas de una tienda a la otra no tardaron en llegar. Como a eso de las dos ya sobrevino el descanso para todos. Pero una tremenda claridad me despertó de golpe.

    La carpa estaba blanca, como si el sol se hubiese colgado abruptamente de las 12 del mediodía. Miré el reloj y eran las cuatro de la mañana. Abrí el cierre y me encandiló una luz fuerte, por momentos blanca, por momentos azul. –Che, ¿qué carajo pasa?– me preguntó mi hermano, sacando la cabeza. Salimos todos y no hacía frío. Juro que el tiempo se detuvo, porque no podía creer lo que estaba viendo. Como una palangana dada vuelta, pero con una hilera de luces por debajo, teníamos frente a nuestros ojos una nave espacial. Nada de ruidos ni ventanas por las que miraran tipitos verdes. –¿Son marcianos, tío?– tiró el Tomy, el más pequeño de todos. Nadie respondió. Estábamos tildados frente a tremenda estructura metálica y, de pronto, se abrió al medio un óvalo. Casi salimos cagando cuando vimos que bajaron once tipos, con cara de humanos, con brazos de humanos, con piernas de humanos, pero arrastrando una cola muy similar a la de un cocodrilo. Llegaron hasta nosotros y se produjeron los sientes sonidos: –Yaumbre vorlo.

    Esis it manchá. Soumbritir hustes. Hustes é. Silencio, claro. ¡Qué mierda íbamos a decir, si lo que escuchamos era como si nos hablara un Pakistaní con cola! –Preguntales si son amigos– dijo mi hermano, pálido hasta las patas. –¿Amigos?– y el Carlitos le estiró la mano. Nos aliviamos porque el tipo se la dio, la apretó como cuando saludan los hombres que se presentan en cualquier mundano encuentro. Pero lo mejor para los ojos estaba por llegar. Por el óvalo se bajó una mina, una morocha tremenda de traje dorado, ajustado al cuerpo, de pelo negro sobre un costado, ojos almendra, aunque también con cola de cocodrilo. –Buenas noches, disculpen que hayamos interrumpido su reparo, su descanso, así, en plena madrugada.

   He bajado como intérprete, venimos en paz y puedo traducir lo que mis compañeros deseen, para que nos comprendamos en los mismos códigos humanos. –Sí, más vale– respondió mi hermano. –Simplemente, ellos estuvieron observando durante la tarde, una apasionado juego que ustedes los terrestres practican y que según nuestro archivo se denomina fútbol. Sabemos que en aquel sector fue la contienda y ellos quieren participar de una similar. Estuvieron averiguando y saben que son once jugadores por bando y ellos ya están listos. –¿Quieren jugar al fútbol con nosotros ahora?– pregunté asombrado. –Si son tan amables, sería un sueño cumplido para ellos– dijo la morocha, con rasgos muy parecidos a los de Carolina Pelleritti.

    En todo, de arriba a abajo, en su hermoso rostro de india, en su sonrisa. Miré por arriba de su hombro y los muñecos visitantes ya estaban estirando sus piernas y saltando en el lugar con camisetas rojas, bien rojas. Imitaban una extraña elongación y hasta se mojaban la cabeza con botellitas de agua. –Pero ¿dónde vamos a jugar?– solicitó ingenuo mi hermano, como haciéndose el otario. En un segundo la nave se puso arriba de nosotros, a unos cien metros, como para aplastarnos. Del artefacto salieron seis columnas gigantes horizontales con luces mejores que las de cualquier estadio. Otros brazos enterraron dos arcos con redes, y, de pronto, estábamos todos hablando en el medio de un círculo central de una verdadera cancha de fútbol.

    Lo que hasta hacía unos minutos eran matorrales y jarillas, ahora se adornaba con un césped perfecto y mojado, con líneas de cal pintadas en exacto rectángulo. –Si no es mucha molestia, sacamos por un rato las carpas a los costados así comienza el juego– me dijo la visitante, a la vez que me guiñó un ojo. Mi hermano me miró y pensó, “si ajá, ahora se levanta una marciana también”. Juro por Dios que de un momento a otro estábamos todos jugando nuestro segundo partido de fútbol en el campo.No lo crean, es entendible no creer semejante historia. En el arco estaba el Johnny, que durante toda la secundaria fue arquero de balonmano. En una despejó y uno de los m a r c i a n o s remató de costado, tirando una extraordinaria tijera. Pero, en vez de darle con los botines, la mandó a guardar con la cola. Sí, con un coletazo nos clavaron el primero en una maniobra que yo jamás vi en todos mis años de fútbol. El festejo fue rarísimo, con unos gritos guturales absolutamente desconocidos.

    Corrían de un lado a otro y hasta ensayaron una montonera. El que quedó abajo, autor del tanto, se enojó y de pronto lanzó unos rayos de sus manos. Rieron y trotaron hasta el medio. El partido siguió y en un toque habilité a mi hermano Mario que la pisó y se la colocó al arquero con cola, pegadita al palo derecho.No pudo agarrarla y sus compañeros lo señalaban y se burlaban de él sacándole una extraña lengua negra. Se le mataron de risa en su propia cara. Volvió la pelota al medio y jugamos por una hora más.

    Un sonido extraño nos envolvió a todos. De golpe, los señores con cola de cocodrilo se fueron subiendo rápido a su nave que pronto apagó las luces, levantó los arcos y devolvió al campo su geografía original. Se acercó la morocha y dijo: –Me despido, tenemos que partir a nuestro cosmos urgente, porque nos excedimos. Ahora debemos dar explicaciones a nuestros padres sobre esta larga visita a la Tierra. Lo entenderán. Cuando comprendan esto del fútbol, no tendremos castigo. Muchas gracias y felicidades a sus almas. Se dio vuelta y tuve ganas de que se quedara. Estábamos todos transpirados, sin hablar, como cuando llegaron. En pocos segundos, la palangana con luces se desvaneció en el cielo. Y pensar que nosotros, no mucho tiempo antes, jodíamos con eso del Futre.