La abstinencia de Mundial nos puso locos. Si cuatro años son mucho, cuatro y medio aún más. La abstinencia de una copa (más en Qatar, donde la bebida está restringida) nos puso de la cabeza. Y así andaban los argentinos este martes por las calles y metros de Doha, con un delirium tremens literario.
Porque más allá de la derrota de la selección; sorpresiva, incómoda e inoportuna; la devoción del hincha merece un capítulo aparte. Desde temprano, muy temprano, una marea celeste y blanca comenzó a copar la geografía urbana de Qatar.
Argentinos de Argentina, de los que viven en otros lados del mundo y de adopción, como pakistaníes e indios, dieron muestra de un amor devocional. De esos que no bastan con llevarlos en el corazón, sino que hay que exteriorizarlos. Y allí viajaban camisetas, gorros, banderas y túnicas de ocasión para mostrarle al mundo lo lindo que es ser argentino.

El eco contagioso del “muchaaaachos…” se mezclaba con el amable “Messi, Messi, Messi” que el mundo entero grita y que también sueña con una corona para su majestad, pero no tierras para el reino.
Todos quieren ver a Messi campeón, pocos a Argentina. Por eso, Arabia Saudita lo puso en jaque (no en jeque) y los argentinos nos volvimos objeto de las burlas con la indulgencia para el capitán.
A los hinchas nos queda el consuelo de la máxima drexleriana de “amar la trama más que el desenlace”. Y saber que lo de hoy, como toda historia épica o de amor, cuenta con introducción, trama y desenlace. Así, para lo que queda, habrá que aplicar la épica para que esta historia de amor tenga un final feliz y no, como una tragedia griega, acabe en el desencanto de una tarde de otoño en Qatar.
Por lo pronto, la Scaloneta tiene el crédito abierto, y sus feligreses se aferran al designio de su líder espiritual: “Que la gente confíe, que este grupo no los va a dejar tirados”.
