Si le pedían un gramo de coca: te lo vendía; si le pedías un arma: la conseguía; si le preguntabas por prostitutas: te llevaba al lugar indicado. Al hombre no le faltaba nada para acercarse a la delincuencia, a la transgresión. El muchacho que se inició como futbolista había tocado fondo por el consumo y la venta de cocaína y marihuana.
A los 60 años, Marcelo Rosende cuenta su vida tortuosa que luego encontró una salida. “Toqué fondo, estaba muerto en vida, el consumo me iba matando día a día, estuve detenido, tenía un deterioro personal, con un desorden total de mi vida“.
Nacido el 26 de mayo de 1962 en Wilde, Avellaneda, se inició en las divisiones inferiores de Arsenal de Sarandí para llegar a la primera división del club de los Grondona que jugaba en la Primera B metropolitana.
A los 23 años “llegué a Independiente Rivadavia en 1985 y estuve un año y medio. Después jugué unos meses en Andes Talleres”. En los Azules compartió el equipo con Ernesto Garín, Pablo Ucha, Juan Carlos y Jorge Cabrera, Enzo Storani, Rafael León, Blas Fernández, Walter Báez. “Conocí a un amigo como el Indio Ortiz”, recordó.

Volvió a Arsenal, pasó por Argentino de Rosario (18 partidos, 14 goles), Guaraní A.F. de Misiones en 1987. “Tuve de técnico a Pancho Sá y jugué con el Turco Alí y con un ex campeón Mundial como Daniel Valencia”, graficó. Después pasó a Deportivo Táchira de Venezuela y se clasificó a la Copa Libertadores. “Siempre recuerdo un gol que le hice a René Higuita“.
Pero ahí comenzó su perdición porque “empecé a consumir coca, volví a Argentina y firmé en Almirante Brown en el Nacional B en 1990. También jugó en Deportivo Merlo, su segunda etapa en Guaraní, El Porvenir mientras su estado futbolístico se caía para terminar en Brown de Adrogué en 1995: “Ahí dejé de jugar y también desbarranqué con mi conducta“.

Tenía dos hijos con su primera pareja, se separó y con su segunda compañera se fue a México; volvió a separarse y se unió a una mexicana para tener otros dos hijos. Fue comerciante con el manejo de una pizzería. Había logrado un estado de confort que alcanzaba para vivir cómodamente. Pero otra vez cayó en la tentación y volvió a consumir.
Volvió a Buenos Aires: “Además de consumir, vendía, tenía mis clientes y movía por los lados más oscuros de Buenos Aires, estaba solo y con todos los diablos juntos. Vivía algunas noches en una pensión de Constitución y a veces me quedaba tirado adonde me agarraba la noche“.

Venía en caída libre y los períodos de abstinencia le pegaban más duro todavía. “Ahí entendí que había muerto, el falopero, el traficante estaban atrás. Yo me sentía enterrado y tuve que nacer de nuevo.
“Hasta me dieron por muerto en una época, se decía cualquier cosa. Varios amigos se preocuparon y estuvieron preguntando a mis familiares”, sostuvo.
Alguien le aconsejó que se internara y fue a “Cuarta opción” de la familia Del Río, que es un templo cristiano. “Comencé a entender todo lo mal que me había portado y de los errores cometidos. Desde esos días me levanto cada mañana pensando lo que voy a hacer bien”.
Este presente lo tiene en Mendoza: “Soy operador socio terapéutico, consejero en adicciones” y continúa explicando mientras el cortado en la mesa del café ya se ha terminado hace rato. “Organizo tratamientos, derivo pacientes, doy charlas, conferencias y me invitan porque mi pasado es tóxico, aunque mi presente es curativo y ejemplificador“.

Y dice, mientras muestra un tatuaje en el brazo derecho: “El fútbol me abre puertas, yo doy servicios a los más necesitados, no soy un referente espiritual, pero tengo una afinidad con Dios”. Su objetivo es hacer que la gente se aleje de las adicciones y se ha propuesto salvar vidas. Menciona que “Dios me trajo al lugar en donde debía estar y mi teléfono está prendido toda la noche”.
Lo puede decir alguien que tuvo 6 sobredosis y un paro respiratorio.
Recuerda a varios compañeros de su época de la Lepra como Marcelo Giménez y tantos otros con los que comparte un grupo de whats apps o con Pablo Ucha, de la fundación Universitas.
También recuerda con cariño a la actriz mendocina Ana María Giunta con su taller de arte “Todos en yunta”.
“Tuve una experiencia hermosa con chicos con distintas capacidades diferentes y descubrí que estaba mi camino, mi vocación de ayudar a partir de conocer la tarea de Ana María“, cuenta Marcelo Rosende, aquel número 9 que hizo muchos goles.
La charla se hizo corta, preo regada de anécdotas. Debía terminar porque lo esperaba un compromiso en el penal de San Felipe, una charla con gente con ganas de escuchar el testimonio de alguien que volvió a vivir.
