El sanjuanino cometió la torpeza de llevarse un cigarrillo a los labios, aunque no lo encendió. Un alcahuete de los que nunca faltan le sacó una foto con su celular, la llevó a la gerencia y al sanjuanino lo echaron. La arbitraria decisión movilizó a los empleados, quienes intercedieron por su compañero, pidieron Doña Justa ver la foto y se las negaron, solicitaron hablar con Don Julio y los atendió, pero les dijo que no iba a desautorizar a los jefes.

          Los empleados tomaron un atajo, fueron a hablar con Doña Justa, la esposa del dueño, le explicaron que se estaba cometiendo una injusticia, al menos a igual falta, igual castigo, pidieron. La mujer, que había quedado ciega (es temporal, le habían dicho los médicos), los escucho y les prometió hacer algo. Habló con su esposo y este le aseguró que, al menos, el tema se iba a tratar en reunión de directorio.

           Don Julio bufaba de bronca, no había algo que le molestara más que sus empleados recurrieran a Doña Justa. La decisión no se modificó, ya el salteño había cumplido los tres días de suspensión y el sanjuanino tenía la liquidación hecha. Don Julio no era de dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su esposa, pero el silencio de esta le molestaba, lo ponía mal. Además, entendía el sufrimiento de haber quedado ciega. Finalmente le dijo:“Negra, yo sé que al sanjuanino le tendieron una cama, que no estaba fumando, pero, ¿sabés qué pasa?

           No puedo desautorizar a los jefes, si no se va él, tengo que echar al gerente, al subgerente y al encargado, y me hacen más falta y me sale más caro. Además, si vuelvo atrás, la tropa se me rebela y cualquier castigo va a ser cuestionado. Vos sabés que me molesta que hablen con vos, si pasa esta, todos los días los voy a tener en casa a los empleados pidiéndote cosas. A mí me duele como a vos pero no me queda otra que echarlo y el ascenso dárselo al sobrino del dueño de la boutique”. Doña Justa no iba a acompañar a Don Julio a la cena de fin de año en la empresa (esa noche iba a premiarse a los empleados), pero esta vez decidió acompañarlo.

        En medio de la fiesta sintió un ardor en los ojos, comenzó a ver nublado, borroso, y después se hizo el milagro. Comenzó a ver. Era tanta la emoción que no podía articular palabra y nadie se daba cuenta de lo que ella estaba viviendo.Doña Justa, ciega desde hace varios años atrás, no conocía los rostros de la mayoría de los presentes, pero tuvo la certeza de que esos eran ellos, el sobrino y el tío rico, su sonrisa irónica los delataba.