Cuando llega el verano, a veces se tiene la posibilidad de tomar unos días de descanso, de cortar con la rutina del trabajo: la oficina, el negocio, la escuela, la fábrica, el taller, el laboratorio, el hospital, el edificio, el museo… cada quien tiene una manera de referirse al sitio en el que cumple su labor. La cuestión es que es bastante saludable cambiar por unos días esa actividad y hacer algo diferente, que incluya tiempo de ocio, de caminatas o de algo que disfrutemos hacer pero nunca encontramos el tiempo. A veces, la economía y el deseo nos dan la posibilidad de salir de viaje y hacer cosas nuevas – o lo mismo de siempre- en un lugar en el que haya mar, o playita de río, lago, laguna, campo, montañas, sierras…
Hay quienes disfrutan de visitar ciudades nuevas, paseos por barcitos, teatros, calles peatonales iluminadas, plazas llenas de flores en canteros, visitas guiadas en museos o barrios pintorescos, avenidas, playas llenas de gente en las que puede comprarse tragos, licuados, churros, vestidos playeros o tobilleras. Sombrillas coloridas, baldecitos, lonas, castillos de arena decorados con caracoles completan el escenario soleado.
Otras personas valoran ir a un sitio donde todo sea agreste: poca gente, naturaleza, escuchar el canto de los pájaros, playas con dunas altas, pinares y vegetación tan frondosa que hasta hace difícil el acceso a la arena. Buscan una especie de exclusividad, muchos metros cuadrados para cada veraneante.
La gente del primer grupo, disfruta de lugares como Mar del Plata, Viña del Mar, Villa Gesell… el otro, prefiere Mar de las Pampas- o Costa Esmeralda porque Mar de las Pampas ya se está “llenando” mucho-, Maitencillo o El Zapallar, según se visite la costa argentina o se elija ir a Chile.
Me puse a pensar si ese deseo de lugar “semivacío de personas” es algo de nuestro tiempo o si viene de antes y me encontré, casi por casualidad, con un comentario de Víctor Hugo, el escritor francés, autor de Los Miserables, que comentaba el placer que le producía vacacionar en Biarritz. Corría el año 1843 y decía que se bañaba allí “con una libertad que su cielo azul inspira y que su suave clima estimula (…) no tengo sino un temor, que se ponga de moda. Ya están viniendo de Madrid, pronto lo harán desde París. Entonces Biarritz, esta aldea todavía tan agreste, tan rústica, tan honesta, será capturada por el apetito maligno del dinero. Pronto Biarritz pondrá rampas a sus dunas, escaleras a sus barrancas, kioscos a sus rocas. Cuando eso ocurra Biarritz no será más Biarritz”. Todo ese fragmento dicho hace casi dos siglos, es comparable con el argumento de las personas que dicen que Cariló ya no es Cariló, porque ya va mucha gente. Aparentemente, las personas y sus deseos cambian menos que los paisajes.
Es extraño que se piense a la naturaleza como opuesta a los seres humanos. ¿Acaso no somos las personas una especie más dentro del reino animal? Tenemos más células que una ameba y no hacemos fotosíntesis como las plantas pero, indudablemente, estamos dentro de la naturaleza. Y además, la especie humana es la única con capacidad simbólica, la especie que puede hacer música, que crea arte, construye puentes, fabrica aviones, cuenta historias, diseña plazas, escribe poemas…
Hace unos años leí una novela de Almudena Grandes, se llamaba “Los besos en el pan”, y comienza contando el regreso a casa de una familia, después de las vacaciones. Se habían ido juntos padres, hijos y abuelos. Cada miembro de la familia que llegaba a su casa, su cama, su cocina, lo primero que pensaba y exclamaba era “¡qué gusto, Dios mío!” porque volver, estar de vuelta es también encontrarse con las propias manías, la rutina conocida, es como ponerse las pantuflas más cómodas después de haber disfrutado de una fiesta con baile con unos zapatos que nos gustan mucho pero que puestos mucho rato, cansan.
Volviendo a los lugares poco concurridos: hay personas que van de vacaciones a Cabo Polonio en Uruguay donde no hay luz eléctrica. Hay una canción de Jorge Drexler que se llama “12 segundos de oscuridad”. Hace referencia al tiempo que tarda la luz del faro en dar una vuelta completa, en ese tiempo la oscuridad es total y la noche se hace más intensa. No nombra la luz, nombra la oscuridad y es lo que permite verla finalmente. “No es la luz/ Lo que importa en verdad/ Son los 12 segundos de oscuridad” y más adelante en la canción dice: “Un faro para/ Solo de día/Guía mientras/ No deje de girar”.
Quizá las vacaciones sean una forma de alternar rutina y novedad, bullicio y silencio, actividad y ocio, luz y oscuridad… lo importante es que después de haber viajado en auto, esperado frente a la aduana, habernos sacudido en un tren o navegado en un ferry, al llegar al hogar podamos decir: ¡Qué gusto, Dios mío!
