Foto: Gemini

Yo no sé para qué  insiste tanto en que salgamos. Yo estaba lo más contenta con quedarme en casa viendo un poco de televisión. Justo hoy dan una película de Fred Astaire y Ginger Roger que me gusta muchísimo.

 Yo de jovencita quería ser artista. Iba a declamación y además tenía mucha gracia para bailar. Como siempre fui menuda, me movía con facilidad y además a la ropa la lucía muy bien. Me acuerdo de un vestido que me había hecho, color verde con unas rayitas finitas en un tono de verde un poco más subido, con la pollera a media pierna acampanada, la había cortado al bies. Me quedaba precioso.

Mi hermana nunca entendió mi gusto por lo artístico, me decía que me dejara de jorobar y que me apurara en zurcir medias que para eso nos pagaban. Ella siempre fue más gordita que yo, más alta, y más mandona. Bueno, yo no soy mandona para nada.

Para no andar discutiendo, acepté venir a tomar el té a la confitería. Es bonito este lugar, y además está cerca de casa. Me gusta el puesto de flores que hay en la puerta, el boulevard de la calle, la luz que hay en este lugar. La verdad que no tuvo tan mala idea en venir, sólo lo lamento por la película, después me fijo si la repiten. Lo que no entiendo es por qué insistió en pedir un café con leche para mí, ella se pidió un café, pero ni me consultó, no me gusta eso porque parece que me trata como a una nena y yo soy mayor que ella. Esta Nélida….

El Negro viene dos veces por semana a visitarnos, miércoles y domingo, infaltable. Los miércoles lo tenemos que esperar con milanesas o puchero y los domingos viene a la tarde y trae las facturas él. Hoy dijo que no iba a venir, que se tenía que quedar haciendo algo en la casa. Raro, el Negro no deja de venir los días que corresponde hace añares. A mí no me importa tanto, pero Nélida… ¡Uh!  Se pone muy mal si el Negro no viene.  Yo creo que por eso no se quiso quedar en casa e insistió tanto para venir a la confitería.

El Negro es un buen hermano, es el menor, aunque ahora ya estamos todos grandes, ya cumplió sesenta y ocho, y yo voy para ochenta y uno. Bueno, me faltan seis  meses para cumplirlos y Nélida  cumplió hace dos  los setenta y ocho…no, no,  me confundo, cumplió setenta y nueve, nos llevamos casi  dos años nosotras y el Negro es bastante menor.

Ahí viene la moza y nos trae las tostaditas que faltaban, yo quería manteca y dulce de leche pero mi hermana pidió queso blanco y mermelada. Yo creo que un día me voy a cansar y ¡Me va a oír!

Ese que viene ahí es el Negro, lo reconozco bien desde la ventana, es la manera de caminar de él. Viene desde la cuadra de casa, se ve que le escuchó la voz a Neli cuando avisó que hoy faltaba.

A Nélida se le iluminó la cara.

-Fui a casa y no estaban. ¿A qué vienen aquí? Menos mal que me crucé con el portero y me dijo que salieron. ¿Para qué vienen a tomar la leche acá? ¿A gastar plata? Después se la pasan llorando. Que no les alcanza, que no pueden llamar al plomero que cobra mucho, y por eso me molestan con todo a mí.

¡Neli le dijo que yo quise venir! Pero qué cosa bárbara ¡Me hace salir canas verdes! Bueno, que diga lo que quiera, no me voy a poner a discutir aquí, en público. Pero me puse nerviosa. Menos mal que ya me terminé el café con leche. El Negro se pidió un café. Sólo con ella habla, parece que yo no fuera hermana también, parece que yo no existiera, al final es mejor mirar por la ventana, ver cómo la gente se sienta y pide algo para tomar. Una chica  juguetea con las correas de  sus perritos, por eso se sienta en una de las mesitas de la vereda.

El Negro tiene mal carácter pero, por lo menos, es el único a quien  Neli respeta. A él le hace caso diga lo que diga.

Me distraje, entretenida con lo que pasaba afuera, dejé de escuchar lo que hablaban y, cuando me dijeron algo -todavía no sé quién de los dos me habló- me sobresalté y me di vuelta de golpe. La taza del café con leche se chocó con mi mano y se volcó en la mesa. Igual no hubiese sido ningún problema porque  ya estaba vacía, apenas si quedaba un fondito, porque yo no me tomo lo último porque está muy azucarada esa parte. Y digo “hubiese sido” porque sí fue un problema. El Negro se puso a los gritos a decirme torpe, que porque no me fijo lo que hago y qué sé yo cuántas cosas más. Es muy rústico este Negro, no puede hablar así en público, gritar así. Yo no sé de qué color se me habrá puesto la cara, pero me quemaban  las mejillas y se me pusieron a arder los ojos como cuando se está por llorar. La moza se acercó enseguida. Es una chica amable y simpática, parece decidida porque se mueve con soltura y además está atenta a todo. El Negro seguía protestando y ahí intervino  ella:

-¡Mire que lo vamos a hacer echar eh!- Dijo medio en broma, medio enserio

– No se aceptan clientes ruidosos y peleadores en este local.

Neli se puso a reír nerviosa y dijo que ella respondía por él, que era una buena persona. La chica sonrió un poco más. Neli se hacía la que tenía todo manejado y el Negro miraba para cualquier lado como si no se hubiese tratado de él lo vergonzoso. Creo que yo recuperé mis colores y miré a la moza a los ojos. Ella me devolvió la mirada.

El negro miró el importe de la cuenta, hizo un gesto de desaprobación, metió la mano en su bolsillo, pagó y nos hizo un gesto para que saliéramos. Es seguro que en casa Neli le da la plata pero a ellos les gusta así, que parezca que fue él quien pagó.

Volvemos caminando a casa, yo voy unos pasos más atrás, miro el cordón de la vereda con cuidado para no tropezarme. Ellos gesticulan y conversan, van más rápido. Mientras tanto yo no dejo  de repetirme:

– Quedate tranquila, Clarita,  ya nomás llegás a casa y seguro que en unas horas repiten la película, quedate tranquila.