Cada tanto vuelven a ponerse de moda los sillones Acapulco, esos que tienen cuerdas, un montón de tiritas que definen el lugar donde sentarse. Es extraño pero de golpe, empiezan a pulular los talleres, tipo galpón, abiertos a la calle y cuando se pasa por la puerta el aroma penetrante de la pintura invita a inspirar fuerte. Hay olores que son atractivos, no por ser particularmente lindos, sino porque abren mundos: el perfume de la pintura -si es que se le puede llamar así, perfume- traslada a una actividad, hace ver colores, situaciones. ¿Quién no recuerda una tarde dándole una mano de esmalte sintético a la rejas de casa? O una actividad práctica escolar, en la que el toque final se daba pasándole barniz al cuadro o a la bandeja recién terminada para regalar el día de la familia. El aroma de la naftalina inundando la pieza, una mañana de primavera, cuando ya la ropa de invierno se guardó en la parte alta del placard y se la deja resguardada del posible ataque de las polillas. El piso de madera encerado, el brillo, los patines tejidos que se ponían para proteger de las marcas de los zapatos, pero eso es de la prehistoria. Seguramente, por ser algo tan antiguo, muchas personas se “queden afuera” de esta referencia, vale la pena explicar qué eran esos patines que no tenían rueditas: consistía en unos rectángulos del tamaño de un zapato grande, había que pisarlos y caminar arrastrando los pies para mantener, y hasta aumentar, el brillo de los pisos, no quedaban las marcas de las pisadas y se lustraba al pasar. Muchas mujeres los hacían de tela de franela y otras los tejían al crochet. Esa caminata se hacía mientras se olía el intenso aroma de la cera.
Volvamos a los sillones, hechos de hierro y armados con cuerdas cruzadas, en algunos casos son sillas y en otros, tienen apoyabrazos. Hace muchos años eran de colores bien vivos, las tiritas podían ser rojas, anaranjadas, verde fuerte…los chicos tocábamos las cuerdas e imitábamos el ruido de un contrabajo, tu tu tu tún, tun tún y los adultos protestaban, decían que se iban a salir las tiras, que se iban a estirar, que dejáramos de hacer eso. Los que fabrican ahora tienen mucho más estilo, ya no son sólo sillas o sillones, ahora hay butacones altos para la barra desayunadora y a los colores, además de los tradicionales, se agregaron el violeta o el negro o uno que simula ser soga de yute, más rústico. Parece ser que se empezaron a fabricar en la década de 1950, justamente en Acapulco, con las cuerdas de una hamaca tradicional maya, de esa manera se conseguía un mueble cómodo y fresco, apto para el clima tropical de esa zona. Como nunca se registró a nombre de ningún inventor, los diferentes fabricantes pueden hacer los modelos que quieran, desde mecedoras hasta reposeras y mesitas.
Que se llamen Acapulco, ya es un plus, porque es el nombre de una ciudad que hace pensar en el verano, en playas de arena dorada y aguas cálidas. Toda una generación recordará unos capítulos de El Chavo en los que toda la vecindad se había ido a Acapulco y todas las aventuras sucedían allí: las peleas de Don Ramón con Doña Florinda, las ideas de la Chilindrina, el entusiasmo del Chavo y, además, se sumaban situaciones únicas como el bronceado de Quico con las antiparras puestas. Al parecer fue una estrategia comercial del dueño de Televisa para promocionar su nuevo hotel de ese momento. Esa generación, la que recuerda esos capítulos y esboza una sonrisa al leer, seguramente no tiene la menor idea de los patines de lana para preservar el piso encerado.
Es probable que no tenga mayor importancia el modelo de sillones, ni si pintamos una bandeja para el día de la familia y la barnizamos o no. Lo que realmente interesa es la posibilidad de evocar, de traer a nuestro aquí y ahora algún momento feliz, viajar en el tiempo por la autopista de los sentidos, volver a la infancia en un aroma, visitar la adolescencia en una canción, volver a sentirse músico tocando un contrabajo, mientras se acarician las tiritas de un sillón que, cada tanto, vuelve a ponerse de moda.
