“Tenés que estudiar, para poder defenderte en el futuro”. “Una carrera es un arma para el futuro”. “¿Con qué vas a luchar para hacerte un lugar mañana si no tenés algún estudio?”. Los adolescentes escuchan hoy con frecuencia este tipo de frases. Les están dirigidas y provienen de adultos cercanos que los quieren y procuran orientarlos. Con las mejores intenciones, y con la decisión de estimularlos, les transmiten también una visión del porvenir y del mundo.
Si leemos o escuchamos con atención estas exhortaciones, que acaso alguna vez también hayamos pronunciado, podremos deducir con qué perspectiva se observa hoy el futuro desde el mundo adulto. Estos consejos pintan un futuro al que habrá que ir bien pertrechado. En las guerras no hay medias tintas, se mata o se muere. Tampoco contemplaciones, cualquiera es sospechoso, puede ser un enemigo. Inconscientemente les decimos a los chicos que vivirán en un mundo inhóspito y peligroso y que en ese escenario deberán estar a la defensiva. No habrá lugar para todos, les decimos, por lo tanto es posible que tampoco haya tiempo para pensar en el otro. Habrá que ocuparse ante todo de sí mismo o, quizás, quedar afuera.
Si fuera así, si ese va a ser el mundo en que nuestros hijos vivan, ellos lo transitarán amparados en consignas como “sálvese quien pueda” o “primero yo”. Y cuando esas ideas se instalan, se impone el utilitarismo más rabioso y egoísta, languidece la empatía, el otro se convierte no ya en un prójimo o un semejante sino en un instrumento o, de lo contrario, en un obstáculo o un enemigo. Y en un mundo así los horizontes se estrechan antes que abrirse. Se tiende al encierro, a crear fortalezas reales o virtuales y a no salir de ellas.
En el caso de que fuéramos nosotros los adolescentes y se nos incitara de esa manera, ¿querríamos crecer? Si nos esperaran campos de batalla y amenazas múltiples, ¿desearíamos salir de la adolescencia o trataríamos de quedarnos en ella para siempre, como púberes eternos? ¿Quién se siente atraído por la incertidumbre?
La realidad es, en muchos sentidos, una construcción que nace de patrones mentales, de maneras de ver la vida y el mundo. Cuando estamos aferrados a un patrón determinado buscamos en el entorno los datos y hechos que lo confirmen (y nos confirmen), y de la misma manera solemos ser ciegos ante todo lo que contradiga el patrón. Como se suele decir, cuando uno tiene un martillo sólo ve clavos. Entonces cuando les hablamos a nuestros hijos de armarse, de luchar, de defenderse para alentarlos a estudiar, a adquirir conocimientos y a pensar en su futuro, ¿no lo estaremos haciendo desde nuestra concepción del mundo?
¿Qué pasaría si les dijéramos que el estudio o un oficio les darán herramientas (no armas) para construirse un futuro? ¿Qué con esas herramientas podrán ampliar sus redes de conocimiento y sus horizontes, que el mundo se les hará más accesible y amigable? ¿Que estarán en condiciones de contribuir más y mejor con la sociedad en la que vivirán? ¿Que así dejarán el mundo un poco mejor de cómo lo encontraron y que por todo eso se sentirán seguramente mejor con ellos mismos? Por empezar, intuyo, nos sentiríamos mejor nosotros, pues al transmitir visiones alentadoras el cerebro activa neurotransmisores como la endorfina, que generan sensación de bienestar. Pero no es sólo una cuestión fisiológica sino también emocional. Al describir posibilidades más que amenazas, certezas más que incertidumbre, se crea un clima de colaboración.
A los chicos les parecerá que vale la pena crecer para ser protagonistas y gestores de un mundo así. No olvidemos que, aunque no lo parezca o lo disimulen de maneras hoscas, son seres en formación que necesitan la orientación de los adultos cercanos. Esa orientación es más funcional cuando se acompaña de actitudes, de conductas y de hechos. Para invitar a nuestros hijos a un futuro deseable deberemos empezar a diseñarlo con nuestras conductas de hoy, porque, aunque sea remanido, nada educa ni transmite mejor una idea que el ejemplo.
Aferrados a nuestra perspectiva de la sociedad actual, la proyectamos en el futuro. Y, angustiados, nos preguntamos: ¿Qué mundo les dejaremos a nuestros hijos? Lo que avizoramos nos asusta y, al mismo tiempo, nos paraliza. Nos vemos impotentes para cambiar ese futuro, al tiempo que ausentes de él. Pero podríamos cambiar la pregunta por ésta: ¿Qué hijos le dejaremos al mundo? ¿Qué tipo de personas? ¿Con qué recursos (recursos, herramientas, instrumentos, no armas)? ¿Con qué valores? Esto puede sacarnos de la parálisis y devolvernos a un lugar protagónico y activo. Nos da una saludable y fecunda tarea: el de empezar a vivir hoy, en nuestra cotidianidad, en nuestro trabajo, en nuestros vínculos, en nuestra condición de ciudadanos, como en ese mundo que quisiéramos para nosotros hoy y para nuestros hijos mañana. Podemos empezar a moldearlos como ese tipo de habitantes del planeta. Y aunque no estemos cuando el futuro de ellos los encuentre adultos, habremos construido ese futuro con y para ellos.
