¿Para qué sirve una madre?
Qué pregunta. Sirve para sentarse a comer a destajo el día de la ídem. Y juro que me hubiera encantado haberme mantenido a lechuga ayer. Pero en cambio le entré a la picada con ganas, mientras mi hijo saltaba y gritaba por los rincones, sobreexcitado por la circunstancia de que recibimos la para nada módica suma de quince adorables parientes en casa que -no es un dato menor- en realidad es un departamento.
Pero es así: cuando hay amor para dar (y unas rodajas de pan y salame, porque la convocatoria amorosa encuentra su límite cuando los estómagos empiezan a hacer ruido), el espacio es lo de menos. ¿O acaso el hacinamiento y el vino tinto no son los ingredientes que hacen falta para quererse?
Un rato, aunque sea. Porque las visitas nos dan doble felicidad: felicidad cuando llegan y felicidad cuando se van 😉

Pero, vamos: una madre puede servir además para otro montón de otras cosas, más allá de los festejos de ocasión. Una madre es como una mochila de boy scout, o la valija del plomero que hace electricidad y además es gasista matriculado… O algo así.
En su interior, uno puede revolver y sacar herramientas de todo tipo, por gusto o por necesidad. Un beso cariñoso por acá, una mirada orgullosa por allá. Un paquete de caramelos. Un pulóver medio feo, pero que es obligación usar los días de frío. Consejos útiles; cuentos con moraleja a repetición. Ese plato que es su especialidad y lleva una montaña de queso rallado. El saquito “por si refresca”. Un tirón de orejas doloroso pero -qué va- tantas veces a tiempo. Por no mencionar algún que otro zarandeo incomprensible desde la óptica de una hija en la edad el pavo.
Mi mamá, por ejemplo, me ha servido como almohadón de siestas, de esas tardes en las que me recosté sobre su pecho tibio (en realidad, confieso que lo hacía para chequear que su corazón latiera… esos miedos de la infancia). Y también fue botiquín de primeros auxilios, corriéndome por toda la casa para embadurnarme con el Merthiolate de color, o bien arrastrándome hacia la inquietante e ineludible experiencia del supositorio.
Hasta me atrevería a decir que incluso me ha servido para algunas cosas más específicas, como no dejarme acercar a sectas, hombres babosos, drogas de diseño y grasas trans. Ah, y además para hacerme pasar vergüenza tantas veces, regateando por un par de zapatillas cuyo valor, a su criterio, no llegaba ni a la mitad del precio de lista.

Estén o ya no (¡aunque cómo siguen estando!), las madres siempre hilvanan el acontecer de nuestras vidas. Y, se sabe, lo hacen desde el mismísimo principio, para luego coser bien fuerte, doble puntada. Con hilos de colores y agujas de distintos números. En una especie de telar enorme que acaba dando a luz a esa manta peluda y gruesa en la que, más tarde o más temprano, acabamos refugiándonos. Aunque digamos que no, que de ninguna manera, que ya somos grandes. Que vamos a salir despechugadas al mundo para hacer las cosas de otra manera.
Y no me digas que “despechugada” no es un término absolutamente maternal.

Pero ahí van ellas por nuestras vidas, marcándonos a fuego destinos inexorables. Como el de retratar a sus hijos en poses ridículas sólo para avergonzarlo muchos años más tarde, sacando a relucir el álbum infantil frente a los compañeros de colegio o, peor aun, delante de los primeros festejantes que suelen revolotear durante la adolescencia. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo se vuelve de aquella foto que ella sacó ingenuamente, pero en donde quedaron retratadas para siempre mis partes pudendas? Vaya uno a saber por qué una madre hace ese tipo de cosas, pero algo hay cierto: jamás voy a compartir la foto aquí.

A ver, tal vez lo mejor sea dar algunos ejemplos y, de hecho, yo tengo un top ten de las frases de mi propia madre que han marcado hitos. Obviamente que hay más, las hay a rolete. Si sos hija/hijo ni hace falta que te lo diga, ¿verdad?
Pero diez es un buen número, siempre redondo y contundente, y será ilustrativo a los efectos de pintar a mi querida madre de cuerpo y alma.
Ranking:
“Llamame cuando llegues”.
“Manejá despacio” (otra versión: “Decile al chofer del micro que no exceda los 90 km/h”).
“No consumas tragos o gaseosas en los bares si no ves cuando abren las botellas”.
“Tomá sólo radio taxis y mandame un SMS con la patente”.
“¿Te hiciste el chequeo anual?”.
“Ay, no retes a mi nieto. Se porta mejor que vos cuando tenías su edad”.
“¡No me llamaste!”.
“Seguro que estás comiendo mal… llevate unos huevos de campo”.
“Tomaste frío. Te vas a enfermar, yo sé lo que te digo”.
“¿Cuándo venís a visitarme?”.

Y todo esto viene a colación de que quería rendirte homenaje, Ma. Y a vos también: tengas hijos o no. ¿O acaso no tuviste una muñeca que supiste criar con cariño, apretujándola tiernamente para luego torturarla por gusto o simple curiosidad, cortándole el pelo a tijeretazos y arrastrándola por el piso, para luego hacerla volar por los aires…?
Bueno, eso es más o menos lo mismo que, al fin y al cabo, terminamos haciendo todas las madres. Con el amparo del asunto del instinto maternal, que tan buena prensa nos da. Construyendo en la medida de lo posible una maternidad a prueba y error. Con la certeza de que ser la mejor madre del mundo es un trabajo imposible y, por eso, lo “mejor” es seguir ejerciendo esta maternidad tan imperfecta. Tan humana, tan real. Querible, bah.

