“No sé qué hacer con él. De repente, me pregunta por qué compramos esta marca de leche o por qué voy dos veces al supermercado en lugar de hacer una compra más grande. Se pone a darle instrucciones a la señora que trabaja en casa, o cambia las cosas de lugar y ya no encuentro nada. Discutimos sobre cosas insólitas; jamás tuve que dar explicaciones sobre cómo manejaba la casa y ahora vivo rindiendo examen. Me siento tan invadida que cuando puedo me escapo con cualquier excusa”, cuenta Eugenia, de 49 años, enloquecida porque hace cuatro meses su marido decidió dejar la oficina para trabajar en casa.
El teletrabajo, la idea de un emprendimiento propio, un despido o una jubilación hacen que de golpe el hombre vuelva a estar en casa. Y no es porque alguna vez se haya ido, sino porque ahora está allí, instalado, los siete días de la semana y en horario corrido. Un cambio de hábito al que nadie en la familia estaba acostumbrado. Ellos se sienten extraños, pisando un terreno que, aunque les es propio, les parece ajeno. Buscan su espacio dentro de un lugar que ya funciona según tiempos y costumbres establecidas. Ellas se sienten invadidas, avasalladas en un dominio que era suyo y al que durante años le han plasmado su impronta y estilo.
Entonces, ¿qué pasa con esa rutina familiar cuando el hombre de la casa se instala en ella para quedarse jornada completa? ¿Cómo se alteran los tiempos, las costumbres y los hábitos cuando de golpe hay “dos amos de casa”? ¿Cómo se logra una nueva armonía y se saca provecho de esta nueva dinámica de entre casa?
Cada vez más parejas cambian sus roles dentro del hogar debido a los movimientos sociales y económicos que provocaron un auge de la fuerza laboral femenina. Pero los cambios en los hábitos laborales también suman “maridos en casa”. La forma de concebir el trabajo, así como las consecuencias de la recesión económica, han hecho que muchos hombres se queden en casa, para desarrollar sus tareas desde allí o a causa de una jubilación anticipada. Entonces, el conflicto estalla.
A ellos les resulta una tarea difícil encontrar un espacio propio para desarrollar sus actividades dentro de una casa en la que todos ya tienen su bandera “plantada”. ¿Cómo podrían evitar inmiscuirse en lo que sucede a su alrededor? ¿No es esta su casa también? Ahora tienen tiempo para escuchar esa puerta que rechina, para pedir un almuerzo completo cuando antes todo se arreglaba con una ensaladita, o para sugerir formas de lavado que economicen agua. Las amas de la casa padecen esta novedad como una intrusión a sus usos y costumbres, y no tienen ganas ni tiempo de dar explicaciones sobre los asuntos que ellas consideran un hecho consumado. Sienten que al traer el trabajo a casa, ellos ya no respetan horarios ni límites. Todos los miembros de la familia tendrán que reacomodarse. La verdad es que, salvo los matrimonios que trabajan juntos, ninguna mujer está acostumbrada a verle la cara a su marido todo el día.
Pero como en todo cambio, siempre existen aspectos positivos de los que se puede sacar provecho: el hombre que está en casa puede ayudar a alivianar la carga del día a día, al compartirla. Ellas pueden ayudarlos con algunos trámites, mientras que ellos pueden hacer las compras del supermercado o buscar a los chicos al mediodía en el colegio. Es posible encontrar nuevos espacios para estar juntos como pareja y como familia: un almuerzo con los chicos o una caminata con su mujer a la mañana.
Mucho respeto, organización y buena voluntad para descubrir el costado positivo son las claves para poder sobrevivir en armonía cuando el marido está en casa. Lo importante es saber que una no tiene un enemigo en casa, sino un compañero. Acá, el testimonio de un matrimonio que, con paciencia, logró entenderlo.
Eloísa, 48 años “Me sentía invadida”
“Estuve atacada. Desde hace unos meses mi marido pasó de estar cumpliendo horario de oficina –y viajando varios días al mes– a convertirse en un habitante full time de la casa. Mis continuos reclamos por el poco tiempo que pasaba con nosotros, y mi pedido porque estuviera más en casa, de repente se convirtieron en una realidad que excedió todas mis expectativas. De un día para otro decidió renunciar a su trabajo para convertirse en consultor externo. Un trabajo que, gracias a una computadora y un celular, rápidamente descubrió que podía hacer sin tener que traspasar la puerta de casa.
Esta era una casa que tenía un ritmo propio y de repente se revolucionó con su presencia incondicional. Deambulaba con papeles por todos lados, se ponía loco porque alguien le había agarrado una lapicera o porque no sabía quién le había corrido un contrato de la mesa del comedor. Un día se instalaba en el living y otro en el escritorio de los chicos para terminar armando su pequeño bunker en el quincho, donde estaba prohibido todo acceso.
No se podía pasar la aspiradora porque estaba con una teleconferencia; había que arreglar todo a las apuradas porque justo tenía que ver a un cliente; o pedía que los chicos cancelaran el ensayo de su banda porque con semejante barullo nadie se podía concentrar. De golpe, nuestro hogar se había transformado en una oficina ambulante.
Pero eso no era todo. Cuando estaba con tiempo libre, se dedicaba a entrometerse en cuanto quehacer doméstico se le cruzaba. Se metía en la cocina para hacer un tuco especial para esos fideos rapiditos que siempre se comían con crema y listo. Se le ocurrió desarmar el taparrollos de la cortina porque le parecía que se trababa, reacomodó todos los CD de los chicos, que después se quejaban porque no encontraban el que estaban buscando.
Además, los horarios de la casa se alteraron. Era la una de la mañana y la computadora seguía encendida mientras mi marido extendía su jornada laboral; y al día siguiente se quedaba en la cama cuando toda la casa estaba despierta y activa, porque no había pegado un ojo para poder terminar algún proyecto.
Las discusiones eran constantes y por cosas triviales: que las chicas venían tarde a almorzar, que cuándo iba a arreglar la tapa del baño, que si la pintura de la pared del living no estaba un poco descascarada o que le dábamos mucha comida al gato. Pasaba de momentos de concentración feroz, en los que no podía volar una mosca, a distendidos paseos exploratorios por la casa, en los que siempre encontraba algo que reparar, comentar o criticar. Mientras mi marido trabajaba en la empresa, todo funcionaba bien, sin que él se enterara de cómo se hacían o se dejaban de hacer las cosas. De golpe, empecé a dar explicaciones.
Había momentos en los que me encantaba que estuviera en casa, disfrutando de aquellas cosas que otras veces no había podido; y había momentos en los que solo quería que saliera a hacer algún trámite para poder moverme tranquila sin tener que pedirle permiso.
Hoy intento comprender su ansiedad por el cambio. No es fácil salirse de la órbita laboral para tomar un camino independiente. Tampoco, incorporarse al ritmo de una casa, que es la suya, pero que no tiene los horarios ni las costumbres de una oficina; o aprender a deslindar su costado trabajador de su rol de padre y pareja en la casa.
Además, yo también estoy transitando un camino nuevo: estoy reordenando mis espacios, mis tiempos y las cosas que antes se hacían a mi modo y sin interferencias. Es un camino de aprendizaje.
Mientras mi marido trabajaba en la empresa, todo funcionaba bien, sin que él se enterara de cómo se hacían las cosas. De golpe, empecé a dar explicaciones”.
Juan Carlos, 52 años “Me sentía descolocado”
Hace algunos meses dejé la empresa en la que tenía un puesto de cierta jerarquía para trabajar en forma independiente. Pero no fue solo un cambio laboral, sino también personal y familiar. Además de toda la ansiedad que este movimiento me generó, tuve que establecer una nueva relación con mi mujer y con mis hijos. Al principio, el hecho de pasar todo el día en casa tenía un cierto sabor a vacaciones; pero pronto caí en la cuenta de que en ese espacio donde vivía también tenía que trabajar.
Pasé el primer tiempo como un nómade. Sin embargo, sentía que ningún espacio era mío; siempre estaba como “usurpando” algún lugar que era de todos o de alguien que no era yo. Trajiné bastante hasta que encontré un lugar, aunque no me gusta y sigue siendo un tema pendiente. En cierta medida, me sentía extraño; no sabía cómo encarar mi nuevo rol. Y también sentía que a los otros miembros de mi familia, y a aquellos que frecuentaban la casa, mis cambios a veces les resultaban incómodos. Cuando yo creía que colaboraba, me veían como un entrometido; pero a pesar de esos momentos de extrañeza, mi mayor disponibilidad, el estar en casa, me permitía colaborar con esas tareas de las que antes siempre se ocupaba mi mujer.
Al principio, a ella le costó “largar” el control de todo lo que pasaba en la casa, y discutíamos bastante. A veces, yo contaba hasta diez para no decir nada, y veía que ella respiraba hondo. No es fácil verse la cara todos los días, todo el día. No estábamos acostumbrados a eso.
Pero tratábamos de entender lo que nos pasaba: yo, que rompía la rutina de ella; y ella, que yo me sentía descolocado. Poco a poco, mi mujer pudo ver que yo era capaz de darle una mano y balancear un poco las tareas en la casa y con los chicos. Encontrar un hilo para organizar mi rutina tampoco fue fácil. Tenía que armar una agenda, que podía incluir alguna escapada, pero que no podía quedar librada al azar y a mi albedrío. Por eso, evitaba extender mi tiempo en piyama o leer el diario más de la cuenta, porque sabía que eso alteraba los tiempos de todos y también los míos. Estar en la casa tiempo completo es algo que se aprende poco a poco y día a día. Un aprendizaje para todos.
