Érase un país donde las vacas estaban gordas y hermosas. Pero un ganadero con mucho talante comenzó a ordeñarlas lo normal… y ordeñarlas más allá de lo normal… y ordeñarlas hasta la extenuación. Así durante siete años y, claro, las vacas se quedaron tan flacas, flacas, flacas que sólo tenían los huesos y la piel. Luego llegó otro ganadero, ante panorama tan desolador, hubo de tomar medidas drásticas: cuidar mucho a las vacas para que no se murieran y naturalmente, ordeñarlas mucho menos, entre otras razones porque tenían las ubres mas secas que la mojama. Tal vez España tenga que atravesar otros siete años de vacas flacas. Depende del esfuerzo y del talento de todos los ciudadanos para arrimar el hombro. Es una simpleza imprudente lo que hacen aquellos que se indignan porque se han acabado las vacas gordas: no hacer otra aportación para la salida de la crisis que protestar contra el nuevo responsable, que bastante trabajo tiene con evitar la ruina.