Y acá estamos, con la mochila de “Aviones” y unas ganas tremendas de entrar al jardín de infantes. Más que nada, con ganas de que todo fluya. De que las cosas sean como las cuentan las madres suertudas, u optimistas. Unos primeros días de adaptación maravillosos, en los que el colegio es un encanto, las seños son geniales, los compañeritos un amor, sus mamis unas tipas bárbaras y el hijo en cuestión está feliz de entrar al nivel inicial (ese primer eslabón del engranaje social con gusto a caramelos Sugus).

Welcome to reality, corazón. Los niveles de frustración pueden ser altos. Traducción: nunca es fácil adaptarse. No, al menos, si te hacés preguntas como la siguiente:

¿Por qué mejor no me voy a vivir al medio del campo?

Hay unas escuelitas rurales que son un amor, sí. Pero bueno. No, el plan no está dentro de tus posibilidades.

Además, podría ser peor. Si voy atrás en el tiempo, no me parece que mi mamá haya tenido que pasar por adaptación alguna. De hecho, me parece que me arrojó a la salita de 4 desde el Fiat 1500 en marcha, mientras corría de un trabajo al otro. Así fue que caí en manos de la seño Haydée, macanuda sí, pero hasta ahí. Antes nadie andaba teniéndole tanta paciencia a veintitantos niñitos insufribles y los informes de los noticieros no se llamaban “Con los chicos, no”.

Dicen que ni siquiera lloré al entrar al jardín. Que simplemente entré, cabizbaja, lo que es peor. Tal vez sintiendo que era lo que tocaba y que no había más chance para mí que la de ser una ternerita rumbo al matadero de aquellos días enteros pre-colegiales, gozando de una espléndida libertad domiciliaria de horas y horas en Babia.

-¡Va a haber muchos chicos! ¡Vas a jugar todo el día y te van a dar galletitas Manón!- decía mamá por aquellos años, mientras intentaba sacarme de la cama con caricias para que no me resistiera a los embates de la educación (los zamarreos matutinos y las malas palabras recién llegaron cuando iba al colegio secundario).

Ahora, a mis 37, me encuentro repitiendo aquel mismo texto maternal que me decía mi madre. Pero en esta oportunidad soy yo quien lo interpreta, con ensayado entusiasmo, haciendo mi propia puesta en escena de la felicidad colegial. Mi hijo me mira fijo, sin dejar de tomar su leche de un vaso que tiene orejas de Mickey Mouse. Hijo’ el imperialismo.

-… ¡Además hay unas seños super divertidas que te van a adorar! Y cuando vuelvas a casa, vemos unos videos de Cars en Youtube, ¿querés?- digo yo, agitando los brazos, con ese ademán un tanto desquiciado que caracteriza a los gurúes en estado de ebriedad.

La vida es así. El ciclo da vueltas olímpicas y siempre terminan apareciendo vicisitudes de último momento. Como por ejemplo que las madres modernas tengamos que adaptarnos junto a nuestros hijitos, felices y un poco estresadas, frente a la idea de que hay que formar parte de la sociedad. Ni hablar de pedir permiso en nuestros respectivos trabajos, con la excusa de estar haciendo Patria a témpera y plastilina limpias.

Y una, que ya había pasado por eso a los 4 años, mira con los ojos húmedos de nostalgia, de ansiedad y de miedo, a ese chiqulín partiendo rumbo a sala de 2 (porque ahora ya no es negocio esperar hasta los 4 para ingresarlos a alguna institución, sea cual fuere). Entonces ahí va él, cruzando el patio inmenso, con una mochila sobre los hombros que casi lo dobla en tamaño.

-A ver mi vida, mirame… ¡Dale, reíte que te saco una foto!

Por suerte existen los dispositivos tecnológicos, porque si no habría que enfrentar la vida cara a cara, en todo momento, en todo lugar. Es que detrás de las pantallas una se siente contenida por los megapíxeles y todo eso, tanto que hasta llorar sería un problema, porque podría llegar a dañar el cristal líquido de la cámara o del celular (ni hablar de que les quedaría pegoteada toda la máscara de pestañas). Qué gran catástrofe. Gran.

Y viene a cuento: algunas madres tienen unos celulares muy grandes (¡ese tamaño parece que sí importa!). Muy de avanzada, por cierto. Tanto, que hasta me da un poco de vergüenza sacar a relucir el mío, que lleva cuatro años invicto sin romperse, sin caerse, sin ser robado en la vía pública o en el colectivo. Todo un hito que cualquier sociedad de consumo que se precie buscaría desestimar con mensajes subliminales, del tipo:

¿Cómo? ¿No tenés un celular último modelo? Entonces no existís como ser humano y menos que menos como madre en período de adaptación.

Bueno, no es muy subliminal que digamos, pero la idea está. Está en todos lados. Tampoco existís, aparentemente, si no tenés unas zapatillas y una lunchera muy pro. Mundo loco. Yo iba al colegio con los útiles escolares que le daba a mi mamá el sindicato de no se qué y el trauma no fue tan grave. Creo…

-¡Vamos, otra fotito, mi amor!

El chico, al final, sonríe a regañadientes, aceptando su misión en la vida, que es ser el objetivo móvil de algo. De nuestras camaritas, de la educación o de la urgente necesidad de comprarse una mochila con rueditas.

-Quiedo esa mochida… Eta no me guta más- señala la de un compañero.

Pobre él. Pobres nosotras, las inadaptadas de siempre. Otra vez escupiendo el asado de las que creían que adaptarse era una cosita de nada, un juego de niños.