Hace unos meses me enteré de que existe el limón paraguayo. Algunos le dicen limón chino. Más allá del gentilicio con que se lo nombre, lo llamativo es que es de color anaranjado, parece una mandarina pero al probarlo tiene el sabor inequívoco del limón. Una compañera de trabajo tiene un árbol y me trajo una fruta para mostrármela. Me la llevé y sembré las semillas. Con cuidado, las hice germinar en papel, después las pasé a vasitos de yogur y ya están en macetas, esperando el gran salto para pasar a tierra. Busqué un tutorial para ver en qué época conviene hacerlo y encontré muchas explicaciones: “cuando la planta está en descanso vegetativo”; “en el momento en que no esté en fase de crecimiento activo”; “cuando las temperaturas sean suaves para evitar el estrés del cambio”; “cuando las raíces hayan ocupado todo el sustrato y pugnen por salir de la maceta”; “al final del invierno”; “antes de que le salgan botones”; “cuando la fase de la luna sea tal o cual…” Cada explicación me generaba más dudas ¿Cuál es el momento en que un cambio no produce estrés? Y si no la cambiara nunca y la dejara siempre allí ¿no tendría estrés? No lo sé, pero se secaría, dejaría de vivir, se ahogaría en un espacio muy pequeño, si es que tiene voluntad de seguir creciendo. Blanca Cotta, una recordada cocinera y escritora, decía que una vez pasó un bonsái a tierra para “liberarlo” porque se había dado cuenta de que ese arbolito chiquito, tan vistoso, estaba siendo contrariado en su naturaleza, estaba siendo obligado a quedarse pequeño en virtud de un deseo decorativo. El mundo vegetal está lleno de metáforas.  Hace mucho tiempo un hombre de campo comentó, como al pasar, que a las plantas y árboles hay que podarlos “cuando la savia está quieta”, tiene cierta relación con lo que decían los tutoriales de internet. Lo asocié con un momento de serenidad, de calma, aunque seguramente, esa frase hace referencia al invierno, ése es el momento en que la savia, la sangre de las plantas, está quieta, como hibernando.

Hace pocos días, estaba cocinando, me di cuenta de que no tenía más laurel. Ya era un poco tarde para ir a comprar entonces o hacía  el tuco sin ponerle laurel, o le tocaba el timbre a la chica que vive al lado de mi casa, sé que tiene árbol. “Tuco sin laurel no es tuco”, pensé. Así que fui.  Mi vecina, solícita, fue al fondo de su casa y trajo tres varitas, bastante chicas. Al dármelas dijo: ¡No sé qué pasó! Tengo pocas ramas, salieron del costado del tronco, por eso te traje esto nomás. Le agradecí, le dije que igual era un montón y ella siguió diciendo, un poco para explicar y un poco para entender ella misma: Puede ser que haya sido que lo podé fuera de época, iba a armar la pileta, me molestaba tener las hojas tan cerca así que corté un poco. Seguimos hablando un rato, así en la vereda, sobre plantas, semillas y gajitos que nos íbamos a pasar. Mi abuela decía que las plantas se podan solamente en los meses que no tienen R. Empecé a decirme para mí los nombres de cada mes…mayo, junio, julio y agosto, todos los demás tienen R. Invierno cerrado, ahí se poda, ni antes ni después.

¿Tendrán un dicho en el hemisferio norte, que tienen las estaciones cambiadas,  para saber cuándo sacar las ramas que sobran? ¿Habrá un momento de la vida en que “nuestra savia” esté quieta? ¿Existirá algún tiempo en que a las personas los cambios no nos den estrés? ¿Habrá una manera de darnos cuenta cuándo nuestras raíces se salen de la maceta y requieren más espacio?  Creo que no hay tutoriales en internet  para saber en qué momento se  toman las decisiones importantes, eso en el  caso de que se tenga la voluntad para seguir creciendo.