En estos tiempos que corren y corren pareciera no haber tiempo para lo sano, lo elaborado, lo casero y nutritivo. Hace una semana en reunión general de padres de mi hijo Caetano, que todavía está en el jardín, se me ocurrió tocar el tema y generé un buen revuelo. No sé si encontraremos las respuestas, pero al menos el tema está planteado y muchos padres, interesados. Una vez por mes cada familia tiene que llevar al cole un kilo de galletitas que comparten por la mañana y por la tarde junto a un vaso de jugo (no exprimido). Mi propuesta es que reemplacemos las galletitas por cereales, frutas, budines o bizcochuelos. Y que si llevamos galletitas tratemos de elegir las que no tienen grasas trans y las que tienen menos contenido graso como son las vainillas o las babyscuit. 

Como madre intento darle a mis hijos una gran variedad de alimentos, lo más sanos y ricos posibles. Confieso que desde que soy madre, he aprendido más que nunca a predicar con el ejemplo. No lograremos que ellos coman frutas si nosotros no las comemos o que tomen agua si jamás nos ven con un vaso de agua en la mano. Los hábitos de ellos tienen un todo que ver con los nuestros.

Me acuerdo que el año pasado, hablando del tema alimentación con la directora del colegio, me contaba que muchas madres le mandan a sus hijos viandas saludables pero que los chicos las dejaban intactas porque no están acostumbrados a comer ese tipo de comida en sus casas. Premisa número uno: no pretendamos que los chicos aprendan a comer en el cole lo que no les enseñamos en casa.

Les cuento algunos pequeños cambios que hemos logrado en casa desde hace un tiempo: el azúcar blanca la reemplazamos por azúcar mascabo, miel o stevia; la sal común por sal marina o sal del Himalaya, la harina blanca por harina integral y el arroz blanco por arroz yamaní. El postre siempre tiene cara de fruta y las galletitas no abundan. Mucho menos la mayonesa o el ketchup, y las salchichas, patitas y hamburguesas brillan por su ausencia tanto en la heladera como en el freezer. Hay en cambio presas de pollo pastoril (sin hormonas agregadas y criados a campo), hamburguesas de quinoa, milanesas de soja orgánicas caseras disfrazadas con queso y tomate, feijao con arroz (guiso de porotos) y chapatis (una especie de rapiditas caseras e integrales) que cada uno rellena a su gusto. También llevan pastel de papas, milanesas de carne al horno con puré, fideos en lo posible integrales para que aporten fibras, tartas variadas y guisos cuando viene el invierno. 

Mis hijos parten al cole con la misma comida que comemos en casa. Intento variar la alimentación y a veces confieso que el tiempo no me da para todo y les doy permiso para comer en el comedor de José. Uno de esos días, Caetano me dijo: “Mamá hoy no me tenías que dejar comer con José, había salchichas con puré…. y fui feliz!”.

No soy tan estricta, como verán. Intento no poner el foco en la comida y que ellos lo tomen como algo natural. Me sorprende óomo diferencian la comida “orgánica” de la “chatarra” y me divierte cómo a veces me provocan queriendo el pan blanco en lugar del integral con semillas. Y los dejo. Vamos juntos por el mercado haciendo nuestras compras y ellos eligen algo que quieren para la semana. Pero la posibilidad de elegir siempre se las doy en un ámbito de ofertas saludables: almacenes orgánicos, dietéticas o mercados de productores. 

Sé que no es fácil. Pero es cuestión de cambiar los hábitos a la hora de hacer las compras y organizarnos con una lista semanal de lo que les ofreceremos en casa o en las viandas.

Les deseo a todas un muy buen comienzo de clases y que la falta de tiempo no nos impida elegir para nuestros hijos una comida más rica y saludable. Ellos se merecen una alimentación mejor.