Ir al cine siempre es un buen plan. También un día de semana o, más aún, es un planazo ir precisamente un día de semana. Aunque en el cine haya apenas dos personas, aunque ya no den programa para guardar de recuerdo, la ilusión en pantalla grande, de la oscuridad sigue ahí.
Hace pocos días se estrenó la última película de Almodóvar y a quien le gusta su cine, sabe que se va a encontrar con momentos mágicos, que la música va a estar presente y que, en algún momento, la pantalla se va a llenar de colores vibrantes. El título de la película es “Amarga Navidad”, igual que una canción de Chavela Vargas, un grito desgarrador frente al posible abandono: “Acaba de una vez de un solo golpe/ ¿Por qué quieres matarme poco a poco? /Si va a llegar el día que me abandones/ Prefiero, corazón, que sea esta noche.” Algo de eso hay en la trama.
La historia sucede en dos planos, en dos tiempos, uno en 2004, donde una mujer, directora de cine “de culto”, sufre unas migrañas desesperantes y ataques de ansiedad, de los que no se hablaba en esos años. El otro tiempo es la actualidad. Raúl, interpretado por Leo Sbaraglia, es un director de cine, el alter ego del mismísimo Pedro Almodóvar, que se siente frustrado ante la falta de creatividad que lo asola desde hace unos años. No encuentra en él la llama que lo enciende, la historia que le devuelva el brillo a sus ojos al imaginar las escenas. Su secretaria, que es su amiga y su mano derecha, decide alejarse, siente que su propia vida se convierte en materia prima para la historia que Raúl está escribiendo y no quiere verse a sí misma en pantalla. Los mundos se entrecruzan, llegan mensajes a teléfonos celulares con tapita, típico de 2004 y suenan también smartphone. La primera parte, el primer tiempo casi que va funcionando por sí solo, quien mira se engancha con la historia de Elsa, su adicción al trabajo, su relación con un bombero que, además es stripper, que es bellísimo y buenísimo, uno sonríe cuando lo ve en pantalla. Luego la historia se empieza a complicar, todo se hace más enrevesado y la historia va y viene a cada momento con veintidós años de diferencia.
Al ver “Amarga Navidad”, me acordé de la última novela de Claudia Piñeiro, “La muerte ajena”. Es la historia de la muerte de una trabajadora sexual vip, una escort, que cae desde un balcón. Tiene la misma estructura que sorprende. Se empieza a leer la historia y, de pronto es una versión novelada, contada por uno de los personajes. Y después aparece otro título que se publica, dentro de la novela, contando el mismo hecho, pero desde el punto de vista de un hombre que se siente amenazado por serlo, el título es “Varón y qué”. De pronto ya no se trata de qué sucedió sino lo que nos cuentan que sucedió. Ya no son importantes los hechos sino la manera en que se relatan, qué se pone delante, qué es lo que importa y qué cosas funcionan como accesorios.
Estamos en tiempos en que la ficción habla de sí misma, la narrativa habla de la narrativa, el cine habla de lo que es ficción y de lo que es inspiración. El metamensaje obliga a que el lector/ espectador esté muy atento y no se distraiga porque lo que pasa, finalmente es lo que se cuenta que pasa. Y cada quien termina de armar la historia en su cabeza.
Volviendo a la película, la actuación de Leo Sbaraglia es tan franca que, cuando finalmente encuentra la historia que quiere contar, muestra un brillo encendido en sus ojos que traspasa la pantalla y no puede no generar empatía. La música, las imágenes de Madrid en el puente de Navidad – los días que van entre el 25 y el 31 de diciembre-, o de la isla de Lanzarote, regalan momentos para atesorar. En un momento de la película, en los primeros minutos, el personaje de Bárbara Lennie, que interpreta a la directora de culto de 2004, escucha, recostada en una cama prestada, una versión de la “canción de las simples cosas” de César Isella y el poeta Armando Tejada Gómez. La canta Amaia, la ganadora de Operación Triunfo de 2018 de España. Hace una interpretación que dan ganas de pararse y aplaudir. Aunque se esté en el cine, un día de semana y haya apenas dos butacas ocupadas.
