En 1932, en plena depresión, Aldous Huxley, escritor y filósofo británico, publicó la afamada obra “Un mundo feliz” que anticipaba la inseminación artificial, el riguroso condicionamiento social por parte de la elite mundial, y el transhumanismo, este último, como método de corrección genética y mejoramiento de la raza.

Brave New World –su nombre en inglés– se publicó como una novela distópica (la antiutopía) y se refería a una sociedad cuasiperfecta que, planificada por un comité central y dictadores omnipotentes –una especie de politburó–, funcionaba sin ningún tipo de libertad individual (asunto que sus habitantes ignoraban debido al condicionamiento).

El autor hizo coincidir su relato con lo que sucedía con Stalin en la URSS; el fascismo, de la mano de Benito Mussolini en Italia, y la Alemania hitleriana: un peor escenario no era posible y situaba a Un Mundo Feliz en esa pesadilla.

El relato de la novela sucede en un mundo en el cual ciertos libros estaban proscriptos (la Biblia, por ejemplo); y la palabra madre asqueaba a quienes la escuchaban, ya que los seres humanos dejaron de ser vivíparos porque eran fabricados en laboratorios y adoctrinados con un método que el autor llamaba pavloviano (por el condicionamiento humano desarrollado por fisiólogo ruso Iván Pavlov).

Película de culto recomendada: “Cielo líquido”

“Cielo líquido” sólo podía verse en clubes de cine o alquilarse en videocasete (VHS-Video Home System). Este filme y otros -raros, muy raros, como este– siguen siendo obras de culto, como las de David Lynch (Terciopelo azul), David Cronenberg (Almuerzo desnudo)…

En ese mundo feliz, las características físicas y mentales dependían de las sustancias (sucedáneos) que los científicos, diseñadores de gente, vertían en probetas. Así, se fabricaban personas Alfa Doble Más, Betas, Gamas, Epsilones, etcétera. Cada una de ellas tenía una función en esta sociedad del Gran Hermano, como la llamó George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair) en su novela 1984 (escrita en 1948).

En el capítulo dos, Huxley relata que los niños son erotizados –lúdicamente, claro– desde muy pequeños, en los centros de adoctrinamiento. Relatar eso en los 30 era escandaloso pero, hoy en día, a casi 100 años de publicada su novela, hasta la ONU deja abierta la puerta a esa posibilidad; y, si hubiera duda, sirva como ejemplo el de la ex ministra de Igualdad de España, Irene Montero, quien se proclamó a favor de la temprana sexualización de los niños, incluso, con adultos. El escritor británico no se imaginó un futuro tan espantoso: lo vio, claramente.

En el mundo feliz de la época de Ford (el gran reformador), quienes se negaban o rebelaban al adoctrinamiento, como mínimo eran llevados ante el superintendente ayudante de Psicología y, los que se “salían” del sistema, eran desterrados del lugar, a la Reserva para Salvajes, cual parias.

El Almacén de Embriones –donde se fabricaba a los seres humanos– trabajaba las 24 horas, todo el año, bajo la estricta planificación de un director. Las personas iban al sensorama (cine con butacas con joysticks, que permitían tener las sensaciones olfativas, táctiles y emocionales de los protagonistas) y se drogaban con soma (Huxley tomó ese nombre de una planta psicotrópica de la India).

“La Historia es una Patraña”, decían los directores de Adoctrinamiento, lo mismo que las generaciones actuales piensan a partir del posmodernismo. Una vez más, Huxley “vio” el futuro pues, actualmente, se cree que lo nuevo es lo único útil y se juzga la historia con los valores del presente. Ergo: el mundo estaba equivocado en el pasado y nosotros, los jóvenes, venimos a hacer justicia.

En la novela, uno de los jefes, de un plumazo, destruía todo: Babilonia, Tebas, Atenas y Jerusalén. Mataba a Jesús y a Gautama; derrumbaba las catedrales y quemaba las sinfonías: “muerte al pasado”.

Los libros prohibidos, como la Biblia, los textos de Shakespeare y algunas poesías, se guardaban en cajas de seguridad, estrictamente custodiadas, para que nadie se “desalineara” (el adoctrinamiento no tenía garantía de permanencia).

Los baños de las mujeres Alfa Más tenían masajeadores eléctricos y se escuchaba música sintética. Nuevamente, un adelanto del futuro.

“Hogar, hogar… Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire, sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores”. recitaban los adoctrinadores, para asquear a los humanos posmodernos, que se escandalizaban de la “antigua y espantosa” pseudohumanidad del pasado.

Más adelante, Huxley hace referencia a que en la Inglaterra prehistórica (Antes de Ford) estaba prohibida la enseñanza mediante el sueño (hipnopedia), técnica que, no obstante, se utilizó, por ejemplo, para enseñar idiomas en los años noventa. En el mundo feliz, los adoctrinadores creían que una verdad se quedaba grabada después de repetirla 62.400 veces a lo largo de la vida (una clarísima referencia al método de Göbbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, quien decía: “Miente, miente, siempre algo queda”.

De las instalaciones del Trust de Secreciones Internas y Externas llegaban los mugidos de los millares de animales que proporcionaban, con sus hormonas y su leche, la materia prima necesaria para la gran factoría que se les proveía a los científicos para los sucédanos.

La Reserva para Salvajes –donde habitaban las indeseables personas que habían logrado darse cuenta de la distopía autoritaria, además de algunas mujeres que seguían dando a luz naturalmente– tenía muros y vallas electrificados. Aquí, Huxley se anticipa 30 años a la construcción del Muro de Berlín, en plena Guerra Fría.

El relato que hace Huxley acerca de los salvajes está inspirado en su viaje a México (incluso, Antonin Artaud estuvo en ese país y conoció la cultura tarahumara –en la zona de Chihuahua, Durango y Sonora–, y lo motivó a escribir un libro).

Las referencias acerca de los rituales de los salvajes, apartados del mundo feliz, recuerdan también al antropólogo peruano Carlos Castaneda, quien en su más famoso escrito (Las Enseñanzas de Don Juan) manifiesta que se relacionó con un indio yaqui (personificado como Don Juan).

Aldous Huxley (1894-1963).

La deshumanizada sociedad descripta en Un Mundo Feliz tuvo una saga, 30 años después, no como una novela sino como un ensayo: Nueva Visita a un Mundo Feliz, en el cual el escritor británico se sorprende de cómo lo escrito en su primigenio libro se transformó en una sorprendente y realidad. “Los políticos se venden a la sociedad como si fueran desodorantes”, expresó.

En su obra de 1932, a los 38 años, Huxley –nacido en el seno de una familia de intelectuales–, cual Da Vinci, quien fue un adelantado con el prototipo del helicóptero y el paracaídas, vio lo que actualmente amenaza a la humanidad: el transhumanismo, ya denunciado por algunos.

El 22 de noviembre de 1963 –mismo día en que asesinaron a John Kennedy– Huxley, con un avanzado cáncer de laringe, le pidió a Laura, su esposa, en su lecho de muerte, que le suministrara intramuscularmente 100 microgramos de ácido lisérgico (LSD). Utilizó el soma de su novela en sí mimo para morir sin dolor, felizmente.