Brindo por la mujeres que derrochan simpatía…así comienza una canción de Los Rodríguez que escuchamos millones de veces. Pertenece a una banda muy exitosa pero, sobre todo, se usó – y quizá se siga usando- para abrir los brindis de cumpleaños, casamientos y cualquier tipo de celebración, y por eso está en la memoria de la mayoría.
Esa misma canción, que salió en el álbum Sin documentos, de 1993, termina con una frase “brindo hasta la cirrosis por la vacuna del SIDA”. Es extraño, pasaron poco más de treinta años desde ese lanzamiento, era la época en que hacía relativamente poco tiempo que la sociedad se había enterado de la existencia de una enfermedad nueva que, con una carga de discriminación enorme, se empezó a conocer como “peste rosa”, porque muchos homosexuales eran víctimas de esa enfermedad. Andrés Calamaro, haciendo un juego de palabras y de conceptos muestra el anhelo por encontrar una manera de parar ese síndrome que se estaba llevando puesta a mucha gente. No dice “brindo por una cura para el sida” dice brindo por la vacuna, porque es eso, la vacuna, la que asegura la salud de la sociedad.
En estos días, también, se me vino a la cabeza el recuerdo de una compañera de promoción de la secundaria –yo egresé en 1982- que quería estudiar bioquímica para encontrar una vacuna contra el cáncer que la había dejado sin su abuela. Ese recuerdo no fue casual, el tema de las vacunas está rondando todo el tiempo. Un compañero de trabajo, él es del sector de mantenimiento, llegó hace pocos días con dos dedos vendados, contó con lujo de detalles el tipo de lastimadura que se había hecho. Pasada la impresión por el relato le pregunte:
– ¿Tenés la antitetánica, no es cierto?
-Emm, no. Es que no soy de darme vacunas.
No sé qué cara habré puesto, porque me dijo:- por eso no te quería responder, sabía que ibas a empezar a decirme que estoy loco.
Claro que no le dije que estaba loco, pero intenté convencerlo de ir a vacunarse.
Desde la infancia, las canciones nos acompañan, escuchándolas o cantándoselas a nuestras hijas, a nuestros hijos. Yo solía cantarles El brujito de Gulubú a las mías pero modificaba un poco una parte porque cuando decía “¿y saben lo que pasó? ¡Noooo! A mi hija la hacía llorar, hacía cara de pucherito cuando decía ese “No” largo y fuerte. Pero se reía y bailábamos juntas cuando dice “todas las bujerías del brujito de Gulubú, se curaron con la vacú, con la vacuna luna luna lú”.
