La propuesta es acercar a los lectores la literatura nacida en Mendoza, que desborda de grandes autores, algunos reconocidos en todo el país y en el mundo. Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada Gómez, Juan Draghi Lucero, Alfonso Solá González, Patricia Rodón, Jorge E. Ramponi, Alfredo Bufano, Cecilia Pavón, entre muchos que seguramente omitimos en esta lista, avalan la existencia de un sólido camino literario que se nutre de nuestra realidad, de nuestro paisaje y de nuestra cultura, para proyectarse al mundo.
Nombres de larga y de gran trayectoria; otros, aún inéditos y desconocidos conforman las páginas de la literatura mendocina. Historias cautivantes, páginas que merecen encontrarse con los lectores. Aquí, sin dudas, se escribe mucho y muy bien.
Esta es una invitación a disfrutar de algunos de los relatos que surgen de este sol, de este suelo, de nuestra gente, porque la buena literatura es como un espejo que nos refleja y nos define.
En este cuento mendocino, dos viajeros clandestinos recorren nuestra geografía hasta llegar a un santuario popular muy familiar para el lector de estos pagos. En sus vivencias, observaciones y conversaciones reflejan una experiencia que nos interpela desde varios ángulos y nos incita, ya desde el epígrafe, a descifrar los misterios y silencios que despliega esta historia.
El relato, en el 2020, fue mención del I Concurso de Cuento Fantástico Liliana Bodoc, organizado por Ministerio de Turismo y Cultura de la Provincia. Más tarde, en el 2023, fue publicado en la antología Peces de la arena, por Ediciones Culturales.
Sobre el autor
Marcos Martínez nació en San Rafael. Es escritor, dramaturgo, director de teatro, docente y performer. Ha publicado Liniers, el traidor (2012), Geografía de la villa para principiantes y cuentos prescindibles (2015), Gaslighting (2018) y El mundo a pedazos (2023) . Todos ganadores del Certamen Literario Vendimia (Ediciones Culturales Mendoza). En el 2021, su cuento “El descarrilamiento de los Krol” recibe una mención en el I Concurso Internacional de cuentos Abelardo Castillo.
Fue Becario del Fondo Provincial de la Cultura (2016) y del Fondo Nacional de las Artes (2019) y bienalista de la Bienal de Arte joven 2017 en la residencia multidisciplinar. Realizó varias performances en el Centro Cultural Recoleta desde el 2017.

“Una espina”
“(…) una de las principales materializaciones de la devoción son las promesas, cuya dinámica incluye el pedido de intercesión y el momento de agradecimiento en el cual se le dejan placas y exvotos al santo.”
Bandido muerto santo vivo, Claudio Aros Arza, Yamila Forte Debón, Carla Mir Zamora
Nos acompañamos porque a los dos nos gusta caminar. Apenas atravesamos el arco me imaginé la cara del más chico de los Berón, o de Tripiana, cuando faltemos el jueves. Me deja tranquilo saber que hubieran dicho que no, no les gusta alejarse mucho de sus familias. Se nos hizo costumbre juntarnos en el Lázaro y no hay jueves que faltemos. Al Kico lo adoptamos como un hermano menor y muchos lo admiramos en secreto. Empecé a escribir desde hace poco, me gusta contar, acepté la invitación de ir a la difunta en San Juan, porque en San Rafael no queda mucho por ver.
Deolinda Correa murió a la sombra de un algarrobo, de sed, en el desierto, anidando a su bebe en los pechos. Las nubes arremolinadas en el cielo sanjuanino y los remolinos de leche en ella. El pequeño tomaba sin saber que se bebía la sangre y la vida de Deolinda, que murió a la sombra de un algarrobo.
Cuentan que unos arrieros recogieron al niño, abrieron la tierra con manos ásperas y la enterraron en su lecho final. El desierto es grande para ser tumba. El mito pierde de vista al niño y comienza a mirar a la madre. La Difuntita enamora la memoria de arrieros, camioneros, caminantes.
Tomamos por la 143 hasta que se convierte en la 40. Las estrellas no sirven para guiarnos, son puntos chiquitos en el cielo. El primer día pasa rápido, para el segundo los silencios se hacen más largos. Cerca de Tunuyán paramos. Nos sumergimos en nuestros pensamientos mientras la noche cae. A la mañana temprano caminamos por la San Martín, la ciudad se despereza y nosotros también.
En el río Mendoza descansamos y aprovecho para escribir con la luz del sol. A la altura de Luján tomamos una paralela al acceso sur. Los autos pasan rápido, la ciudad los atrae en su telaraña. Los silencios son más largos todavía. Jugamos a eludir los controles policiales, sabemos que ya no nos buscan, pero de alguna forma hay que divertirse.
Evitamos el centro de Mendoza, nada de lo que esté vivo ahí nos interesa.
Yo lo dejo a Kico que me cuente del robo a la joyería o de su último escape, tiene la esperanza que escriba sobre él, por eso me vuelve a contar las mismas historias. Se muere por ver lo que escribo. Le gusta leerse, como si fuera un personaje, a mí también, aunque sepamos que el final ya está escrito y nada va a cambiarlo.
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Al tercer día salimos de la provincia, San Juan, todo desierto y sol nos recibe.
Jueves por la madrugada, a esta altura ya deben estar en el Lázaro.
–¿Iba Fagetti hoy? –pregunta Kico, que también piensa en la reunión a la que faltamos.
–Me parece que no volvió todavía.
Seguimos caminado. Recordamos la noche en que Aldo Fagetti nos contó que se iba a Córdoba a ver a mi hijo y se hizo un silencio después de esa palabra. Nos cuesta mucho hablar de ellos, de cómo crecieron sin nosotros. La nostalgia que sentimos no se puede explicar, no es la del poeta ni la del despechado, es otra cosa.
Cuando tomamos por la 141, los autos y camiones forman filas que avanzan a paso de hombre. Deolinda Correa amamanta al desierto y a los fieles que peregrinan, junto con nosotros. Me siento culpable de no creer en milagros entre gente sedienta de ellos. No puedo explicar por qué los ojos se me llenan de lágrimas; Kico me mira y se sonríe. Esa marea de gente de fe nos arrastra, estoy tentado de murmurar el padrenuestro, unirme a ellos. Quizás sea contradictorio seguir siendo ateo. Estamos acá, caminamos durante días y noches varios kilómetros. ¿Vamos a damos el lujo de no creer?
–¿Qué pedirías? –pregunto, él se queda pensando–¿Qué la Negra te dé bola?
–¿Qué Negra?
–La Negra Luna, no te hagás…
–Ah, es que yo le digo Rosa. Rosa Luna suena mejor.
–Hacete peronista y le vas a gustar -contesto.
Kico se sonríe pero después cambia la cara, anunciando una verdad o una confesión.
–Me gusta mucho, pero no sé… no tiene sentido. Yo pediría… saber si mi padre me perdonó, siempre tuve esa espina –el murmullo de las charlas y los rezos hacen imposible el silencio– ¿Vos volverías a hacer lo mismo?
–Sí –contesto sin dudar.
–Yo también.
Los fieles llevan regalos de todo tipo, nosotros no.
¿Un desierto se vacía cuando se llena?
Con Rosales miramos todo con ojos de niño, fascinados. El santuario engendró al negocio, los lugareños salieron de sus casas de barro y retazos a poblar de lucro la fe, para ellos la verdadera bendición son las ollas llenas. Pasamos por los improvisados negocios que crecen al costado de la ruta y del milagro. Alguna gente compra recuerdos: ropa, cuchillos, llaveros, santos que duermen el sueño del nylon.
El cardumen de pies se pierde en la tierra arenosa, mañana, el milagro de las gotas del viento que acarician el desierto, terminará de borrarlas. Los fieles suben por los puentes angostos y endebles, se mezcla la tierra, las astillas y la sangre, por la perseverancia descalza o arrodillada de la promesa.
Mientras subimos con ellos se escuchan pedales girando, son como los fieles, hoy vienen a pedir; mañana a agradecer, y pasado por costumbre. Le piden que interceda. El viento intercede para que los pedales de esa máquina casi continua giren. También el viento aviva las llamas, las velas tiznan la piedra, la cera baja los cerros y nuevos creyentes suben con nuevas velas que se funden con la piedra, el sol y el fuego.
A los dos nos gusta estar acá con esta gente en el santuario de una santa escurridiza que la iglesia mira de reojo. Nadie supo si alguna vez rezó un padrenuestro, santa marginal, como sus devotos, santa sin arrepentimientos, laceraciones, crucifixión, sacrificios, revelaciones. Solo las estrellas y su pequeño hijo supieron de sus últimas palabras, vaya a saber si ruegos o plegarias. La gente afirma y cree en sus milagros con una fe poderosa, me divierte pensar que realizan sus sueños para no quedar mal con la difunta.
Siento muchas ganas de decirle al Kico que lo admiro, pero quizás hoy tampoco lo haga, tenemos tiempo, a la vuelta.
Caminamos entre los improvisados mesones: ropa, calcomanías, la luz marina de los tubos fluorescentes. Los santos de yeso creados en serie, pintados en serie y embalados, son exhibidos uno al lado de otro, con mirada inexpresiva pero esperando que alguien los elija entre todos, pague el precio y al volver a casa lo ponga en la cómoda. Un barrio de agradecimientos sube por los cerros, chapa, ladrillo cemento, pequeñas casas para habitar milagros suben los cerros y los cielos.
Kico cuenta la gente entusiasmado, tal vez en el fondo piense en un santuario propio lleno de fieles, ojalá. Me dan ganas de decirle que por lo menos a él siempre le llevan flores y agradecimientos.
Cuando cae la noche, comenzamos a volver, me molesta que no me devuelva la pregunta ¿Vos que pedirías? Desde que salimos de San Rafael sé la respuesta: yo no quiero santuarios ni fieles, quiero que encuentren el lugar donde está mi cuerpo, necesito descansar.
