La propuesta es acercar a los lectores la literatura nacida en Mendoza, que desborda de grandes autores, algunos reconocidos y de gran trayectoria; otros, aún inéditos. Historias cautivantes, páginas que merecen encontrarse con los lectores. Aquí, sin dudas, se escribe mucho y muy bien.

Es una invitación a disfrutar de los relatos que surgen de este sol, de este paisaje, de nuestra cultura, porque la buena literatura es como un espejo que nos refleja y nos define.

En este primer cuento mendocino, una llamada en la puerta desata en el protagonista no sólo un viaje a través del tiempo y los recuerdos, sino también una íntima transformación reveladora.

Seguramente, el lector se encontrará, al leerlo, con emociones, vivencias y sensaciones compartidas, que llegan a lo más profundo.

Sobre el autor

Darío Manfredi, el autor del relato seleccionado, es diseñador gráfico publicitario y gestor cultural. También artista plástico, actor, compositor y realizador de videos y productor amateur. Ha publicado cuentos en suplementos de diarios, reseñas y entrevistas en la Revista Zero, de la cual fue co-director desde 1999 hasta fines del 2023.

Sus obras publicadas son: Redención (en un pueblo llamado Aspe) -2016- y Siesta (y otros relatos así de cortos) -2017-, al cual pertenece el cuento que aquí compartimos.

“Carnaval”

“No había ninguno entre ellos que no volviera la vista

esperando que el carnaval regresara con los de su clase”.

Nick Cave

La primera vez que golpeó a la puerta yo estaba intentando sacar los acordes de una melodía de Spinetta; Trampaluz es una canción del disco Fuego Gris, banda de sonido de la película homónima, editado en 1993, el mismo año en que Checoslovaquia deja de existir dividiéndose en Eslovaquia y República Checa, el mismo año en que asume Clinton al gobierno de los Estados Unidos, el mismo año en que Bogotá sufre un atentado que deja el saldo de veinticinco muertos y setenta heridos, el mismo año en que la policía desarticula una banda de trata de personas en España, el mismo año en que el por entonces presidente de los argentinos disminuye la presión tributaria en su terquedad de achicar el estado logrando una recesión extrema y golpeando la capacidad productiva de las provincias, el mismo año en que ese presidente clausura el servicio interurbano de ferrocarriles iniciando un proceso que dejaría al país sin trenes y a mi padre envuelto en lágrimas. Mi padre era nieto de italianos, miembro de una familia numerosa que encontró en 1948, con la nacionalización de Ferrocarriles Argentinos, la posibilidad de un plato de comida diaria y la ilusión de un futuro digno para varios integrantes de la familia.

Mi padre fumaba Jockey Club, unos cigarrillos que existían desde 1926 y que la empresa Nobleza Piccardo dejó de fabricar para siempre en el año 2013. Mi padre hacía los mejores asados que he comido, no le gustaba el pescado ni los frutos de mar, le gustaban los fideos caseros de cinta ancha y no le gustaba que a la salsa se le vieran los pedacitos de cebolla y pimiento; le gustaba ver películas en las noches después de tomarse un café cargado, se sentaba en una silla reposera y nos pedía a mis hermanos y a mí que viéramos las películas con él, así descubrí a Kirk Douglas y entendí por qué es mejor actor que su hijo, a Burt Lancaster, a Boris Karloff y a Tony Curtis, aprendí que el mejor Tarzán fue Johnny Weissmüller, aprendí a emocionarme con el cine. Con él aprendí a emocionarme con la gente y con lo que le pasa al otro. Aprendí a pasar de vagón en vagón sin miedo en el tren; conocí Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Mar de Plata viajando en tren.

Mi padre votó a favor del mismo presidente que clausuró el servicio interurbano de ferrocarriles dejando al país si trenes y a él envuelto en lágrimas; votó impulsado por la foto que desde el comedor de casa mostraba a Evita sin rodete, con el cabello cayendo sobre un saco de solapa ancha, vestida con una camisa de botones enormes y una sonrisa que resplandecía más que el cielo que la enmarcaba detrás. Votó impulsado por la misma mujer que defendió los trenes, que los usó como vehículo de solidaridad para repartir ropas, calzados, juguetes y guardapolvos escolares en cada estación ferroviaria, la de la idea del Tren Sanitario, la mujer que entendió la presencia del estado como proyecto de política social y no de caridad.

Con mi padre aprendí que lo importante era compartir, que la caridad sirve solamente a algunas personas como pasaporte de tranquilidad nocturna. Mi padre lloró cuando ese presidente que él había votado dejó al país sin trenes. Siempre pienso que ese fue el día en que mi padre empezó a despedirse, dejando atrás los días felices, las películas en familia, los carnavales de la calle Moldes de la Sexta Sección en donde estábamos tres días seguidos challando, haciendo fiestas de disfraces y compartiendo risas los hijos de los trabajadores con los hijos del médico de enfrente y los hijos del empresario de la esquina.

De todo esto me acordé cuando ella golpeó la puerta por primera vez. Yo estaba en ese momento intentando sacar los acordes de una melodía de Spinetta; Trampaluz es una canción del disco Fuego Gris, banda de sonido de la película homónima, editado en 1993. Hay una parte en donde la canción dice “hacia lo oscuro nos lleve” y me costaba adivinar cuál es el acorde que va después del La en quinta. Dejé la guitarra sobre el sofá y abrí la puerta todo lo que la cadena me permitió, lo suficiente para ver dos ojos color miel que a la altura de mi cintura me decían: ¿Tiene algo que me dé? Junté la puerta para sacar la cadena y le pedí que me esperara. Volví de la cocina con dos paquetes de fideos y un sánguche que preparé con media milanesa fría y uno de los dos bollos de pan que me quedaban, ¿Te gusta la mayonesa?, pregunté y ella movió su cabeza afirmando, Entonces vas a tener que esperar otra vez, dije y unté uno de los panes antes de volver a la puerta. Esto es lo que puedo darte, pero sería bueno que me dijeras qué es lo que realmente necesitás, dije mientras ella sonreía y guardaba los fideos en la mochila para liberarse las manos y recibir el emparedado. En uno de los bolsillos laterales de su mochila, uno de esos bolsillos hechos con tela de red, podía verse una bolsa de algo que parecían globos. ¿Y eso?, dije antes de que ella pudiera agradecer, Son bombitas, me dijo, Qué lindo, a mí me encantaban las bombitas cuando era pequeño, agregué y ella mostró todos los dientes en una sonrisa que envidié.

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Era febrero y se acercaban los festejos de carnaval, por eso me acordé de mi padre, de la calle cerrada de la Sexta Sección y del día en que él empezó a despedirse para siempre. Me las regaló mi hermano, me dijo antes de irse. Esa fue la primera vez que golpeó a mi puerta. A partir de ese día, cada semana, a veces en jueves, a veces en miércoles o en domingos a la noche, ella golpea a mi puerta como lo hace con otras cientos de puertas. A partir de ese día empecé a comprar dos de cada cosa cuando voy al supermercado. Hace más de un año que perdí mi contrato como profesor de música en un Centro de Apoyo Escolar, cosa que pasó por la terquedad del presidente actual de achicar el estado, pero por suerte conservo horas en una Escuela de Música de un amigo, así es que puedo subsistir sin imprevistos, controlando gastos, y darme la posibilidad de comprar dos de cada cosa cuando voy al supermercado. Dos paquetes de fideos, dos de arroz, dos de cacao en polvo, dos frascos de mermelada; un paquete de fideos para mí y otro para ella, uno de arroz para mí y otro para ella, un cacao en polvo para mí y otro para ella, un frasco de mermelada para mí y otro para ella. Para ella y su familia, en realidad, porque en estos meses he podido conocer a su mamá, la que golpea otra puerta al tiempo que Nicol golpea la mía, he podido hablar con su mamá y enterarme que se quedó sin trabajo en diciembre del año pasado porque cerró la fábrica en donde trabajaba, que como la fábrica se presentó en quiebra ella no ha cobrado un solo peso de indemnización, que Nicol tiene nueve años y es la menor de siete hermanos y que es la primera vez en su vida que tienen que salir a golpear puertas para poder comer, que el techo de su casa se filtró en la última gran lluvia de febrero justo después de los festejos de carnaval, que el carnaval trajo agua de bombitas pero también agua de lluvia, que se mojaron los colchones y los muebles, que alguien le ha prometido tejas y membrana para que uno de sus hijos pueda tapar los agujeros, que además de Nicol tiene tres hijos más en edad escolar, que los tres mayores están casados y que gracias a eso tiene unos nietos muy bellos. Así es como lo dice cada vez, “Unos nietos muy bellos”, y lo dice de la misma manera que dice todo lo demás, con los ojos empañados y la mirada en el suelo, dice todo como pidiendo disculpas por golpear puertas, como si eso conllevara alguna culpa, lo dice mientras acaricia la cabeza de su hija que la mira de frente igual que me mira a mí cada vez que le abro la puerta. Nicol tiene los mismos ojos miel de su madre pero una sonrisa fresca a diferencia de ella, sin el cansancio de los años y la angustia de los contratiempos. Nicol parece disfrutar el recorrido que a su madre le causa vergüenza.

Cada semana, a veces en jueves, a veces en miércoles o en domingos a la noche, ella golpea a mi puerta como lo hace con otras cientos de puertas. Han pasado varios meses desde aquella primera vez y hemos logrado cierta química con Nicol, sabe a qué me dedico y yo sé qué cosas le gustan, sabe que me gusta leer y tocar la guitarra y yo sé que le gusta leer y no sabe tocar todavía ningún instrumento aunque le encantaría, sé los nombres de sus amigas de la escuela y ella sabe el nombre de mi pareja, sabe que me gustan los sánguches de milanesa fría que ha quedado del almuerzo y yo sé que le gusta la mayonesa pero no la mostaza.

Han pasado varios meses desde aquella primera vez que golpeó a mi puerta y el comienzo de julio cala los huesos en un invierno más frío de lo que han sido los últimos inviernos. Es lunes a la noche y estoy terminando de ver el último capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad cuando golpean la puerta. Está vestida con una polera de cuello alto, un pantalón de polar, una campera tejida y otra arriba de un material impermeable, tiene puesto un gorro de lana y sus ojos color miel brillan sobre su nariz que se ha puesto roja por el frío al igual que sus mejillas. Es un poco más tarde de la hora en que acostumbra a pasar y no queda ni siquiera una milanesa fría en mi heladera. Hola, le digo y ella responde tiritando y sonriendo, No me queda comida, no te esperaba, nunca pasás los lunes, pero ahora busco algo en el mueble, le digo y me voy a la cocina mientras ella grita, Martín, Martín, no importa. Revuelvo las estanterías y encuentro solamente un paquete de fideos abiertos, no he ido al supermercado el fin de semana anterior y estoy sin reservas, vuelvo y le pido disculpas, No importa, vuelve a decir, No vengo a pedir nada hoy, vengo a mostrarte mi libreta, dice y estira su mano con un boletín de varias hojas forrado en papel araña. Paso las hojas una tras otra y veo puros nueves y dieces pintando las páginas de primer grado, de segundo grado y de tercer grado. Nicol está cursando cuarto y puedo ver que también sus notas son excelentes, muchos ochos y nueves y dos dieces; uno en Música y otro en Lengua. ¿Viniste nada más que a mostrarme esto?, le digo y siento que se me empañan los ojos. Claro, me lo dieron el viernes, me dice y le pido que me deje sacarle una foto a su libreta. Salgo a la vereda y veo que unos metros más allá está su mamá, que levanta la mano y me grita, Perdón por la hora pero ella quería venir a mostrarle la libreta. Me acerco a ella y la saludo con un beso en cada mejilla, le doy un beso y un abrazo a Nicol y me quedo parado en medio del frío de julio viendo cómo doblan la esquina tomadas de la mano.

Entro a casa y empiezo a pasear la mirada por mi biblioteca, revuelvo con urgencia los libros del estante en donde están mis preferidos, elijo la novela Presagio de Carnaval y luego agarro la guitarra que descansa arriba del sofá, salgo corriendo y desde la esquina las veo caminando dos cuadras más allá, las persigo a la carrera y las alcanzo cuando estoy agitado y me cuesta pronunciar palabra, escuchan los pasos y la respiración y se dan vuelta algo asustadas. Es un Re mayor agregando la novena, les digo y Nicol se ríe, de su boca sale vapor mientras la madre frunce el ceño mirándome como si estuviera viendo a un loco, estiro ambas manos hacia Nicol, una mano con la guitarra y otra con el libro, Es un Re mayor agregando la novena, vuelvo a decir y esta vez Nicol es la que frunce el ceño sin dejar de reírse, La canción de Spinetta, ya sé qué nota lleva, no necesito guitarra por ahora, ya me compraré otra, le digo, Es para vos, también le digo, Y esto también, digo y le doy el libro, Cuando aprendas a tocar bien esta guitarra vas a tener edad para leer este libro, agrego. Presagio de Carnaval, lee ella en voz alta y mira a su madre sonriendo, su madre me mira extrañada e intenta decir algo, Es para ella, por favor acepten las dos cosas, termino diciendo y vuelvo caminando a casa.

Apago la estufa, espero que se enfríe el ambiente y me quito la ropa, me meto a la ducha y abro solamente el agua fría, siento que la piel me duele, siento que la carne me duele, siento que los huesos me duelen y sin embargo me quedo durante toda la ducha soportando el agua helada. Salgo del baño sin secarme y camino por el piso frío hasta la cocina, me sirvo un vaso de agua del grifo y me fumo un cigarrillo tiritando mientras va acumulándose el agua debajo de mí, aplasto el pucho en la pileta de la cocina, miro el charco e imagino que así se vería la cocina de casa si la lluvia se filtrara alguna vez por mi techo. Apago el televisor, apago todas las luces y vuelvo a tientas al baño, cuando paso por al lado de la biblioteca poso mis dedos por el estante de los preferidos, me seco con la toalla y me meto a la cama, ya no sé si siento frío pero igual me tapo hasta el cuello y me quedo dormido hasta que el despertador me avisa que tengo que ir a dar clases, desayuno un café y un pedazo de pan del día anterior, camino hasta la parada y me subo al 54, paso la tarjeta magnética mientras escucho las risas de dos colegialas que hablan al mismo tiempo en el primer asiento doble, camino hasta el penúltimo asiento de la fila individual y me acomodo con la vista perdida a través de la ventanilla, me acuerdo de mi viejo, de los carnavales, de los trenes, de Nicol, de la canción de Spinetta, de Mijaíl, de Ángela, de Graciela y de Sabino, los personajes del libro que le regalé a mi amiga de nueve años, siento que llevo un gesto nuevo en la cara, al menos un gesto nuevo para mí, un gesto extraño, una mueca que antes nunca había tenido, un gesto que, como el de la Gioconda, no logro adivinar si es de tristeza o alegría.