Foto: El Sol.

Mendoza tiene excelentes narradores y escritores. Un manantial generoso de magníficos autores, algunos reconocidos en todo el país y en el mundo, Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada GómezJuan Draghi LuceroAlfonso Solá GonzálezPatricia Rodón, Jorge E. RamponiAlfredo Bufano, Cecilia Pavón –entre otros tantos– son representantes de un sólido camino literario que surge de esta región, se alimenta del paisaje y de la cultura para salir al mundo.

Muchos autores son ya reconocidos; otros, todavía inéditos y desconocidos encuentran quizás pocos espacios de difusión para sus textos. Sus historias cautivantes merecen encontrarse con los lectores. Por eso, invitamos a leer algunos de los relatos que surgen de nuestra gente y son espejo de nuestra realidad cotidiana y nuestra particular identidad.

En este cuento mendocino, en tono satírico y con un particular humor, acompañamos al protagonista en una increíble odisea que a más de un mendocino le ha tocado vivir.

El relato forma parte de la colección de relatos Las horas del tiempo (2015).

Sobre el autor

Nació en General Alvear, pero es malargüino por adopción. Es licenciado en Geología por la Universidad de La Plata. Fue profesor universitario, de secundaria y educación superior dese 1970 al 2008. Fue director general de Minería de la provincia en 1973 y fundador del Instituto Superior Tecnológico en 2005. Es autor del libro Minerales (2001), declarado texto obligatorio de consulta y estudio por el Ministerio de Educación de la Provincia de Mendoza.

Escribió la novela Los únicos privilegiados fuimos los niños (2012, con prólogo de Estela de Carlotto, reeditada en 2015), en la que ficcionaliza su experiencia como detenido en un centro clandestino durante la dictadura.

Ganó el Certamen de Novela Ciudad de Mendoza 2015, con su obra Agua dulce, agua amarga. Ese año publicó la colección de relatos Las horas del tiempo. En 2016 recibió una distinción y mención especial en la Honorable Cámara de Diputados. En el 2019, Ediciones Culturales publicó Con los libros abiertos. En el 2021 publicó la novela Atuel, el alma de la tierra.

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La propuesta es acercar a los lectores la literatura nacida en Mendoza, que desborda de grandes autores, algunos reconocidos en todo el país y en el mundo. Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada Gómez, Juan Draghi Lucero, Alfonso Solá González, Patricia…

“El éxodo”

Edificio del Consulado General de España en Mendoza. En su interior, el aire está cargado de aromas y el humo de cigarrillo, grisáceo, denso, enturbia las luces que iluminan el ambiente. La multitud silenciosa, impasible, busca información, realiza trámites y evacúa interrogantes.

Yo soy hijo de españoles”, “Soy nacido en España”, “Recibo pensión de España”. Comentarios en la infinita cola, inmutable, altiva, inabordable, que llega hasta el jardín. La anaconda humana contiene en su interior anticuerpos que empiezan a funcionar. Así, detecta un “tercer edad” incipiente que, con bastón, intenta infiltrarse.

Este se prepara para ingresar como discapacitado –pensamos todos mirando el báculo que el hombre empuña como un estandarte que abre pasos.

No, a esta altura solo tendrán autorización los que han perdido ambas piernas y un brazo, o demuestren que están más cerca del arpa que de la guitarra. Por ejemplo, que venga de la terapia intensiva, porque en forma previsora quiere ser enterrado en Sevilla.

A los que estamos por la ciudadanía hispana nos dan la nómina de antecedentes requeridos. Pensamos: –Es una lista enorme.

Alguien la hojea y comenta: –La forma más rápida de cumplimentarla es ir a España. Recuerdo los baúles que había visto en mi niñez en la buhardilla. ¿Qué papeles contendrían que me sirvan ahora? Leo el inventario convencido de que inicio una larga etapa de perseverancia y caídas en la lucha en que estoy empeñado. Una ola de heroísmo me envuelve: A mí esto no me va a ganar. Empezaré por el comienzo:

Certificado de Nacimiento del interesado, legalizado según “Apostilla de la Haya”, me suena a que debo firmar un acuerdo con las Naciones Unidas.

–La legalización es imprescindible para ser admitidos en embajada y consulado –me informan. Debo presentar Certificado de Nacimiento de padre y madre en el Registro Civil respectivo, también legalizado. Una, la de mi padre, está en General Alvear, Mendoza; la de mi madre, en Balde, provincia de San Luis. Por primera vez siento que debería dejar todo y quedarme en el país. Después, me pasaría varias veces.

–No sé para qué colocan esto, intento justificar. Ya sé –me digo con entusiasmo– tengo un familiar que es hija de una colaboradora de la iglesia en Alvear, a ella le pediré que me consiga la del viejo… ¿Y la de San Luis? Bueno, son solo 300 kilómetros. Puedo ir y venir en el día.

Casi sin darme tiempo para recuperarme, atacan: –Debe traer partidas de nacimiento de los abuelos españoles y Acta de Matrimonio, certificado de la No Naturalización, gestionada en el Poder Judicial de la Nación, expresando que su abuelo no se naturalizó. Me quedo paralizado, no había pensado en esto, pero recuerdo que el Tata era muy patriota. Cuando le hablaban mal de la Argentina, en seguida salía a defenderla: –¡Ustedes no saben lo que es venir de una guerra! ¡Aquí está todo para hacerse! –exclamaba eufórico. ¿Se habrá naturalizado? Me quedo con la duda.

Lo primero es lo primero, empezaré por hacer lo mío, los documentos locales.

Registro Civil de la Ciudad de Mendoza: 10.30 horas, ingreso a la cola; saco un número, es el 300 D, averiguo y aún no han entrado todos los de la A. Me preparo para la gran amansadora, para lo cual, previsor, ya retiré los formularios para pagar en el banco los misteriosos “Recibos C”, indispensables para seguir el trámite. No son una fortuna, no… $2.50 uno; $3.30 el otro, y una estampilla fiscal, de $0.50.

–¡Ya sé! Voy a ir a la Bolsa de Comercio, en España y Peatonal, solo a 17 cuadras de aquí. La Bolsa, contra todos mis cálculos optimistas, a estas horas está llena de gente. Espero con el número 54 en la mano. Intento llegar a la última silla disponible para depositar mis 78 años. Una encantadora joven con un hermoso bebé en su falda llega junto conmigo a la silla. La gente sentada no dice nada, sencillamente me observa y aprueba con un gesto positivo mi actitud de cederle el asiento a la niña con la otra niña en brazos.

Vuelvo al Registro Civil. Me notifican, cuando muestro triunfante mis Recibos C pagados que, por haber nacido en Buenos Aires, el trámite lo debo realizar en la Capital Federal o de lo contrario gestionar a través del Correo Central.

¡Qué suerte que tengo que el Correo Central trabaja en horario corrido! ¡Podré iniciar la gestión hoy mismo, ya que solo son las 15 horas! Extraño sentimiento, se me hace corta la distancia.

–Estoy en carrera, está mejorando mi estado físico –pienso.

Debo hacer un giro por 40 pesos, se trata de partidas de nacimiento de otras provincias. El señor que me atiende en el correo es grande, debe estar por jubilarse, se queja de que no da abasto con tanto pedido, que si se creen que él es una máquina. Miro tras de mí y solo somos tres personas.

–¿Por qué no viene después del 14 de diciembre? Le daré un turno para esa fecha –me dice mientras acomoda su anteojo en un surco violeta sobre la nariz.

–Traiga estampillas, giro postal, estampillas para ida y vuelta, no se olvide –recomienda.

Dicen que el trámite demora más de un mes. Imposible, necesito la documentación antes para viajar con mi pasaporte español nuevo. Siento que mi idea tiene algo de ciencia ficción. Paso por delante de una iglesia, en realidad hace tiempo que no entro a una, no, no… no me animo a entrar para pedir un milagro, no, no… comprometería a mucha gente, además, no es el tipo de pedido que se hace en los milagros… no, no… no existen los milagros para pedidos como este…

Decido hacer el trámite directamente en la Capital Federal. Viajo en ómnibus, el pasaje en avión es caro, además… a ver si se desploma el avión y me quedo sin poder hacer nada… hoy en día no se sabe, hay tantos aviones volando.

Estoy en la Capital, alojado en una pensión bastante limpia y, por sobre todo, cerca de las oficinas de certificación. Aquí me entero, ¡vaya novedad!, de que para retirarlo debo legalizarlo. Necesito que certifiquen mi documentación. Yo soy nacido en Rojas, en la provincia de Buenos Aires. Sí, no hay otro recurso, informan con amabilidad; legalizar no es lo mismo que certificar, lo de España se necesita legalizado, pero falta la certificación de mis documentos, que lo hace el Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires. La Plata está cerca, a solo 70 kilómetros de la Capital. El tren me lleva en condiciones bastante incómodas, ya que parece que hoy juegan en la ciudad capital de la provincia dos equipos de primera; Boca y Gimnasia. Antes de llegar a la estación, el tren es apedreado. Por suerte, no me hirieron los proyectiles, tampoco las bombas de humo que arroja la policía en la estación para desconcentrar a los hinchas.

En el Poder Judicial de La Plata me asesoran bien: falta la certificación en Tribunales de las actas de defunción de los abuelos, documentación de los padres de mis abuelos, acta de nacimiento de mis padres, y la de casamiento. Que no sean fotocopias, por favor. Solo legalizan originales. Deberé viajar a Rojas, antes pasar por Tribunales. Estoy pagando la pensión en Buenos Aires y ahora aquí, en La Plata, el hotel cerca de la Estación de Trenes, porque es más barato. Menos mal que es verano, la temperatura es tolerable, no así las ratas, que a esa hora se pasean por las calles y las veredas donde nosotros hacemos cola desde las 6 de la mañana. A estas ratas gigantes en Mendoza las llamamos pericotes. Por suerte, a las ocho abren las puertas de Tribunales y los roedores no entran.

En Tribunales la cantidad de gente es terrible. Saco un número. Hay un solo empleado, porque el otro está enfermo. Tengo el número 106. Inicio el trámite comprando estampillas para la certificación arriba, en los cajeros. No puedo utilizar el ascensor dada la cola para tomarlo, que es terrible, de a cinco personas por vez. Calculo que demoraré una hora para llegar por este medio, así que decido subir y bajar por las escaleras los nueve pisos. Mejoro mi estado físico, pienso optimista. Hago el ejercicio, pero el calor es agobiante. En la recepción hay pocas sillas, nos organizamos entre todos para la sentada: diez minutos y ¡arriba! Le toca a otro el asiento.

Arman carpetas de distintos colores y llaman aclarando que de acuerdo con el color es tu entrada a ver al jefe de la oficina. Observamos un empleado muy meticuloso que corta, pega, fija las estampillas, pone con fuerza sellos en las hojas y pasa a la oficina del jefe. Es un empleado eficiente. Todos estamos pendientes de él y de su laborioso trabajo. Toma una carpeta elegida, automáticamente un grupo de gente se para. Por ejemplo, un expediente celeste, y todos los que tienen celeste se levantan y se arriman a su escritorio, los demás nos volvemos a sentar resignados. Tengo una verde, color esperanza, pienso. Lo importante es que estoy en carrera, ahora todos quedamos parados y nos arrimamos a la mesa del único, “el eficiente”.

Yo soy petiso, desventaja en esta circunstancia por dos razones: una, porque con todos parados no veo el color de la carpeta elegida y, otra, no me da el aire del ventilador que, a esta hora, con el calor y el apretujamiento, es pieza fundamental en la estrecha oficina. Una mujer, alta, la más cercana al ventilador, oficia de cicerone. Nos estamos ordenando, ella dice el color y nosotros, los petisos, les abrimos el paso a los que están atrás y necesitan pasar. Los que estamos más cerca del ventilador le cedemos cada diez minutos el lugar a otro, menos la mujer alta que ya ganó su espacio permanente y se ha convertido en nuestra conductora. Como la líder cada vez está más cerca del ventilador, se le vuela el cabello y no puede retenerlo. Yo, que puedo levantar la mano y estoy atrás, opto por sostenérselo y así ella agradecida me mira como diciendo: “En cuanto salga el suyo, le aviso”. Yo la miro y le señalo que el mío está entre los cincuenta verdes, más o menos en la mitad. Ella arriesga mirar los apellidos buscando el mío, cada vez que sacan una carpeta mira y me hace señas con la cabeza. Hasta ahora, todo negativo.

Nos hemos coordinado, a su voz todo el mundo se moviliza. “El eficiente” se siente un poco tocado, al final decide él organizar la cola y pone las carpetas por color alternativo. Primero avisará a los de carpeta roja, luego celeste, luego verde, y así, sucesivamente. Esto nos tranquiliza, nos agrupamos por el color, y nuestra líder, ahora próxima al poder de decisión, lee por arriba de “el eficiente” el apellido que toca.

Nos hemos organizado a la perfección. Llaman el 105 ¡Qué emoción! Tengo el 106. La líder, agradecida de que le sostenga el pelo, me dice:

–Mire, para que le certifiquen no se mueva de esta esquinita, que ellos sientan que presiona. Al escucharla, los otros se vienen. El problema es que en la esquinita está justo el ventilador y si seguimos corriéndonos los pelos de la líder ingresarán a la hélice, con consecuencias desastrosas.

–Por favor, no se corran más –atino a pedir.

La líder, ya sobrepasada por las bases, exclama:

–¡La carpetita del señor no es la celeste, es la verde que está arriba!

Ella verifica desde su cabeza sobresaliente si la carpeta tomada es la mía. Alcanzo a decir:

–Chicos, organicémonos.

Cuando me toca, se arrima una familia boliviana. Tiene prioridad porque solicita pasaporte limítrofe, el padre posee documento de identidad muy ajado, necesita cédula nueva. Lleva Acta de Nacimiento, pero está destruida, deberá empezar el trámite. La guagua que la esposa lleva en la espalda se ha hecho pis, la humedad es evidente. Todos nos alejamos y por fin se hace espacio, nadie quiere ocupar ahora el acceso a la puerta del jefe.

El señor del altiplano solicita un certificado para presentar en el trabajo. Lleva cinco horas esperando. Le entregan el formulario adecuado, el hombre no sabe escribir, la gente que lo rodea pide lapicera y empiezan a llenárselo.

Hay confusión, consultan con “el eficiente” para que los oriente, este se fastidia bastante y ya no sabe bien dónde colocar los sellos.

La lucha nuestra sigue: ¡La carpeta amarilla, señor! ¡La verde, por favor! Cada vez que sale una con dirección a la jefatura aplaudimos con alegría y vehemencia.

“El eficiente” se va a tomar un té… ponemos cara de orto. “El eficiente” vuelve, aplausos.

Ya pasó el mediodía; los platenses no lo perciben, pero nosotros, provincianos del interior, debemos descansar, es la siesta. Me duermo observando un hombre que mastica medialunas y toma té caliente.

Sueño que un sujeto devora con ansiedad la manito de un niño con su garra retráctil derecha, con la izquierda sorbe un líquido rojo, espeso, sanguíneo. Una gigante boa me aprisiona por el cuello, siento que se desliza por mi interior y me estrangula. Me despierto y le digo al señor que enganchó la manija del paraguas en mi garganta que soy petiso, pero no es para tanto. Me pide disculpas, se fue la boa.

Estamos en silencio y el hecho esperado sucede: un señor, de tez blanca, peinado a la gomina, perfectamente afeitado, anteojo sin armazón, labios delgados y un bigote fino, uniforme y muy parejo, pasa sin mirar la multitud.

Se adivina un gesto de fastidio cuando tiene que apoyar el grueso portafolios para abrir la puerta del –¡Oh, Aleluya! ¡Dios el bendito sea loado!– jefe.

Pasan cinco minutos, el hombre sale, se lo nota distendido, aunque sus facciones siguen siendo las de alguien que huele mierda. Hace una mueca moviendo la cara de arriba abajo cuando el 87D le levanta la tapa del escritorio que impide el acceso a nosotros, impíos bárbaros rabiosos que miramos, como lobos despellejando la presa en la estepa. El hombre se ajusta la corbata, toma su sombrero, aprieta con seguridad el portafolio cargado de inimaginables firmas con sellos y parte con decisión, la dura mirada hacia delante.

Se acabó el silencio, volvió la vorágine:

_ ¿Alguien tiene la dirección de este gestor? ¡Habría que colgarlo! ¡Siempre lo mismo!

–¡La culpa es del gobierno! ¡Este hijo de puta debe ser pariente de algún político!

Me vuelvo a dormir. Un feroz gorila toma mi cabeza entre sus manos y la comprime hasta que los sesos fluyen por la nariz cortando mi respiración.

–¡Menos mal que nos vamos a España! Me despierta con su queja el hombre del paraguas, sacando su maletín de mi cabeza.

Por fin me toca. Le explico al jefe mis inquietudes mientras miro pacientemente cómo se prepara para irse.

Nos aproximamos a las 14 horas, el personal se retira, es la hora de cierre.

Nos vamos. En la vereda ya no hay ratas.

Regreso al Consulado Español en Mendoza. Siento envidia porque veo pasar expedientes que ya están completos. ¡Completos!

Volvemos a mirar la lista:

Actas de Nacimiento, Casamiento, Defunción de mis abuelos españoles.

Escribo a mis familiares en la provincia de León. Me contestan:

Durante el siglo diecinueve, no existían registros civiles. Los nacimientos se asentaban en las parroquias, que es el lugar en el que están las constancias de Bautismo. Las Actas de Bautismo de los abuelos se encontraban en la Iglesia Parroquial de Rabanal, Municipalidad Polo de Gordon, provincia de León. Durante la Guerra Civil Española quemaron y bombardearon los edificios públicos y varias iglesias fueron saqueadas y desmanteladas, entre ellas, la de Rabanal…”

Mis familiares en España ubicaron las Actas de Matrimonio Canónico de los abuelos, que sí estaban registradas, y con un sacerdote amigo reconstruyeron las constancias de Bautismo desaparecidas. Me parece un sueño tener en mis manos documentos históricos. Con el respeto de quien envuelve obras de arte, guardo con un religioso cuidado los testimonios de mi origen.

–Han informado que los hijos de hispanos que debieron emigrar por la guerra civil recibirán una pensión del gobierno español –conversan unas señoras al lado mío. Parece que el rey es una buena persona, muy democrática.

–Es importante sacar la ciudadanía. Si no, sos persona de tercera clase entre los gallegos. Fijate vos, tanto que los cargamos –concluyen.

He ido cinco veces al Consulado a preguntar sobre mi expediente:

–Espere un momento… no, no está… Vuelva dentro de tres meses…

Esta es la sexta vez:

–Espere un momento… aquí está… su recibo de la nacionalidad española.

–Gracias, señor. No lo puedo creer. Tomo el documento y lo miro pensando:

¡Todo por este papelito de mierda!

La alegría me invade, salgo, hago dos cuadras, me digo: ¿Y ahora? Vuelvo corriendo, la cola se estremece porque yo voy directo al empleado que me notificó:

–Disculpe… permiso, permiso… gracias. El hombre aún está allí.

–¿Qué hago con este papel? –le pregunto.

Me contesta con una voz diabólica desde el expediente que está leyendo:

–Vaya y saque el pasaporte. Da un número y el listado de requisitos. Alguien comenta desde atrás:

–La forma más rápida de sacar el pasaporte es irse a España.